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El impulso anexionista, inherente a Estados Unidos

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Napoleón tenía prioridades europeas más urgentes y consideraba demasiado lejanas aquellas tierras americanas, que también habían pertenecido al imperio español en otro momento.

Fuente: LaVanguardia

El interés de EE.UU. por Groenlandia se inscribe en una tradición expansionista histórica

Entre los países europeos, Francia es uno de los que más se sorprendieron ante el deseo de Donald Trump de tomar control sobre Groenlandia. Sin embargo, la paradoja histórica radica en que fue precisamente Francia, bajo el mandato de Napoleón como cónsul en la primera república, quien en 1803 facilitó una gran expansión territorial para los Estados Unidos recién formados. La compra de Luisiana —entonces una extensa región al oeste del Misisipi— representó la realización de un anhelo para Thomas Jefferson, tercer presidente y principal redactor de la declaración de independencia.

Napoleón tenía prioridades europeas más urgentes y consideraba demasiado lejanas aquellas tierras americanas, que también habían pertenecido al imperio español en otro momento. En realidad, Francia ejercía poco control sobre esos territorios. Al adquirirlos por 15 millones de dólares, Estados Unidos obtuvo el derecho de colonizarlos, generalmente a costa de las tribus indígenas mediante tratados frecuentemente incumplidos o por medio de conquistas militares. La Luisiana de 1803 abarcaba desde Nueva Orleans hasta áreas que hoy corresponden a Montana, Dakota del Norte, Minnesota e incluso una pequeña porción del Canadá actual. En total sumaban 2,1 millones de kilómetros cuadrados, cifra casi idéntica a la extensión de Groenlandia, otra coincidencia llamativa.

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La anexión territorial y el expansionismo forman parte del ADN estadounidense desde su nacimiento con la independencia de las 13 colonias británicas en la costa atlántica. Tras la compra de Luisiana siguieron numerosas incorporaciones durante los dos siglos siguientes. Muchos ciudadanos estadounidenses se sorprenden al conocer territorios donde ondea la bandera con estrellas y barras, pese a los esfuerzos educativos al respecto. Por ejemplo, uno de los rituales navideños en Washington es visitar el National Christmas Tree, ubicado en los jardines de la Ellipse detrás de la Casa Blanca. Este árbol principal está rodeado por otros árboles adornados por escuelas que representan a los 50 estados, al distrito federal de Columbia y a territorios bajo soberanía estadounidense como parte del archipiélago de las Samoa, las Marianas del Norte y Guam en el Pacífico, o las islas Vírgenes en el Caribe.

Una de las adquisiciones territoriales más notables ocurrió tras la guerra contra México (1846-1848). Tras su victoria, Washington incorporó regiones que anteriormente fueron posesión española y que ahora forman total o parcialmente los estados actuales de California, Texas, Nuevo México, Arizona, Utah, Colorado, Oklahoma, Kansas y Wyoming.

Siguiendo el modelo establecido con Luisiana, EE.UU. obtuvo Florida mediante el tratado Adams-Onís en 1819. España cedió toda la península que incluía San Agustín —la primera ciudad fundada por europeos en América del Norte un siglo antes de la legendaria llegada del Mayflower— por un precio simbólico: 5 millones de dólares. Otra compra a bajo costo fue Alaska, adquirida al imperio ruso por 7,2 millones en 1867; este territorio se convirtió en el estado número 49 en enero de 1959. El quincuagésimo estado sería Hawái ese mismo año en agosto. Este archipiélago había sido un reino soberano durante buena parte del siglo XIX y luego una república hasta que EE.UU., tras diversas maniobras y presiones políticas, lo anexó en 1898. Aunque allí no había petróleo como en Venezuela, sí existían extensas plantaciones tropicales de piña propiedad de la multinacional Dole.

La derrota española frente a EE.UU. en 1898 aportó a este último país territorios como Puerto Rico y Guam (y momentáneamente las Filipinas), pero el apetito territorial estadounidense no disminuyó durante el siglo XX. En 1903 Theodore Roosevelt anexó la Zona del Canal de Panamá y en 1917 Dinamarca —actualmente amenazada por Trump debido a Groenlandia— vendió sus Indias Orientales (actualmente islas Vírgenes estadounidenses) por 25 millones de dólares.

Así pues, el expansionismo forma parte de la continuidad histórica estadounidense; además se vincula a una visión excepcionalista del país con un aura casi mística y redentora. Por su parte, Francia también se considera única debido a su revolución de 1789 y su papel como cuna de los derechos humanos.

Lo sorprendente en el caso del expansionismo impulsado por Trump es que para esta acción propia del siglo XXI deje completamente fuera la retórica idealista tradicional estadounidense y opte únicamente por presentar argumentos económicos y estratégicos con crudeza y franqueza absoluta.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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