Fuente: Listin diario
Visualice el año 2015 o 2016. Imagine que está escribiendo en un grupo de WhatsApp para intercambiar opiniones con otras personas. En ese grupo se discuten temas como qué alimentos se pueden comprar, quién sabe dónde venden carne o huevos, o cómo hacer trueques con lo que se consigue. Imagine cerrar el chat, tomar café. Imagine pensar en la hermana, hermano, hijo, hija, madre, padre, nieto, nieta, tía, tío, sobrino, sobrina, primo o prima que vive lejos. Imagine no verlo desde hace dos años, tres años, cuatro años, cinco años.
Imagine tener un empleo que consiste en organizar casas y apartamentos donde nadie ha vivido durante bastante tiempo. Imagine que la contratan para ordenar muebles, objetos, ropa y documentos dejados en un lugar al que se pensaba regresar cuando “todo mejorara”, pero nada mejoró y regresar ya no tiene sentido. Imagine tomar fotografías de lo que encuentra y organiza, enviar esas imágenes por mensaje, recibir una llamada y escuchar el llanto de alguien desconocido que no logra decidir qué debe guardarse y qué debe desecharse. Imagine escuchar en silencio las explicaciones sin fundamento sobre por qué esperar para vender o alquilar o pagar a alguien para cuidar esa casa o apartamento.
Imagine el temor a no expresar sus pensamientos, el miedo a ser escuchado quejarse, el temor a ser acusado por opinar, por pensar diferente o disentir. Imagine aprender a desconfiar del vecino o la vecina. Imagine envejecer rodeado de ausencias; imagine que los recursos que recibe no alcanzan. Imagine sentarse en una sala con otros viejos y viejas huérfanos de sus hijos e hijas emigrados o exiliados.
Imagine estar encerrado en un edificio. Imagine que está ahí porque alguien dijo que usted era algo que, según el sentido común de la ley, no es delito, pero para otros sí lo es. Imagine pasar hambre por varios días; imagine recibir descargas eléctricas; imagine ser golpeado o golpeada. Imagine ser objeto de intercambio para un sistema de poder que negocia su continuidad. Imagine extrañar a quien no ve y a quien no puede visitar. Imagine desear la muerte como única forma de libertad.
Imagine estar en un país donde es extranjero. Imagine que no quiere estar ahí pero no puede estar donde desea estar. Imagine repetir mantras como “esto ayuda”, “los ayudo”, “me ayudo” antes de dormir. Imagine acostumbrarse a otro entorno; imagine no tener pasaporte para regresar aunque quiera hacerlo. Imagine que cada mañana, con una taza de café en mano, se repite: “esto acabará”. Imagine que quizás cuando “esto acabe” ya no tendrá razón para volver.
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Me escriben: — “Por lo visto no se puede opinar sobre Venezuela porque no somos los expertos, pero los expertos opinan e investigan y esto es lo que sale”.
Respondo: — “Esto no es una opinión. Es un hecho sobre la acusación contra (Nicolás) Maduro. Hay reportes y reportajes desde hace años que señalaban lo mismo”.
Me responde: — “Es lo que estoy diciendo, estoy de acuerdo con lo que has publicado. Te señalo que, aunque se hagan investigaciones, los venezolanos no quieren que se ‘opine’ nada, aunque sean hechos”.
Le escribo: — “Hay que entenderlos. Soy venezolana de nacimiento, tengo una hermana allá, pero el ejercicio como periodista me ha llevado a tener cautela con los sentimientos. Lo que han vivido los venezolanos es terrible. Y es lógico que prime el sentimiento antes que la racionalidad. Chávez y Maduro impusieron un régimen horrible: persecución, acoso y daño. Miseria económica. Y eso también es un hecho”.
Me escribe: — “Todo eso lo sabemos. Pero la historia sangrienta con USA también está ahí y olvidarla es ceguera. Todos queremos lo mejor para los venezolanos, pero pedirnos a quienes vemos lo que viene que no opinemos teniendo los hechos en las manos es muy insensato. Espero que tu hermana esté bien”.
Decido no responder. Decide no escribirme más nada. Supongo que hemos cerrado el círculo. Hemos dibujado un uróboro con nuestras palabras. Explicamos, nos explicamos, comprendemos, racionalizamos y sentimos. Luego volvemos a explicar, tratar de comprender, racionalizar y sentir.
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El uróboro es un símbolo representado por una serpiente o dragón mordiéndose la cola y formando un círculo cerrado con su cuerpo propio. Según una enciclopedia de significados en línea, el término proviene del griego ουροβóρος (ourobóros), que significa “serpiente que se come su propia cola”.
Leo: “El uróboro simboliza el ciclo eterno de las cosas; también representa el esfuerzo eterno, la lucha constante o incluso el esfuerzo inútil porque el ciclo comienza nuevamente a pesar de las acciones para impedirlo. También expresa la unidad de todas las cosas materiales y espirituales que nunca desaparecen sino cambian perpetuamente en un ciclo de destrucción y recreación”.
Es una forma hermosa de describir esa costumbre de dar vueltas sobre un mismo tema sin encontrar una salida o punto de fuga para crear una nueva línea recta o formar otro círculo girando sobre sí mismo.
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Escucho a varios venezolanos hablando en un video. Uno comenta entender la preocupación sobre cómo se han manejado las cosas en su país y señala la urgencia del asunto. Sin embargo dice no comprender por qué esa preocupación no fue tan fuerte ni unánime antes cuando se pidió ayuda; cuando se denunciaron presos políticos previamente negados y hoy admitidos; cuando casi ocho millones de venezolanos abandonaron su país buscando refugio.
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Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), cerca de 7,9 millones de personas han salido de Venezuela buscando protección y una vida mejor. La mayoría —es decir 6,7 millones— ha sido acogida por países latinoamericanos y caribeños vecinos a Venezuela. Esta migración masiva comenzó aproximadamente en 2014; un año después del fallecimiento de Hugo Chávez y coincidente con el fin del ciclo alcista del petróleo cuando los llamados “petrodólares” perdieron valor.
Para 2024 Venezuela tenía alrededor de 28.405.543 habitantes según proyecciones demográficas del Banco Mundial; esto implica que casi ocho millones fuera del país representan el 27,78 % del total poblacional.
Intento explicarme y entender racionalmente esta realidad; trato sinceramente de hacerlo. El dictador se fue pero la dictadura permanece vigente; y la moneda con la cual se mantiene ese gesto grandilocuente por encima del derecho internacional es el petróleo.
Hasta la fecha en la cual escribo estas líneas solo nueve presos políticos fueron liberados —de casi 900 reportados— según datos aportados por la ONG Foro Penal: José María Basoa (español), Andrés Martínez Adasme (español), Ernesto Gorbe (español), Miguel Moreno Dapena (español), Rocío San Miguel (española-venezolana), Biagio Pillieri, Enrique Márquez, Larry Osorio y Aracelis Balza.
La ministra venezolana de Hidrocarburos —quien actualmente ejerce como presidenta tras haber sido vicepresidenta— producto unas elecciones no reconocidas internacionalmente —realiza declaraciones exigiendo la liberación de Maduro mientras afirma colaborar con Estados Unidos.
Escucho análisis diversos, anoto cifras leo artículos diversos; pienso en mis seres queridos allá; siento profundamente; al final termino viendo serpientes mordiéndose la cola nuevamente.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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