Fuente: Listin diario
Nuevo mapa mundial: Venezuela en la encrucijada del emergente “tercer orden global”
En un planeta que se reordena entre declives y ascensos de potencias, Venezuela se encuentra en el cruce civilizatorio del denominado “tercer orden mundial”. Este cambio hegemónico, inevitable, amenaza con provocar anomia y caos global al romper sus propias normas.
Las audaces y rápidas operaciones estadounidenses en suelo venezolano han generado una ola de especulaciones que revelan una trama coyuntural tanto sospechosa como compleja.
En el horizonte esperado, Venezuela surge como un centro geoestratégico clave bajo la influencia del discurso imperial: la doctrina Monroe y el destino manifiesto. Se convierte en un punto fundamental dentro de la “estrategia de seguridad nacional” para contener la expansión china y rusa en América, además de garantizar el acceso continuo a recursos estratégicos de invaluable valor.
Especialistas advierten que lo ocurrido allí definirá cómo el resto del hemisferio se vinculará con Washington. La intervención militar no ha cambiado su propósito: estos hechos proyectan un escenario geoestratégico que desmantelará el marco jurídico vigente y el actual teatro geopolítico.
Este “tercer orden mundial” derriba la estructura geopolítica presente y reconstruye una hegemonía que, según Martin Wolf, extendería la seguridad nacional y la política exterior estadounidense más allá del eje trasatlántico y del Ártico, hasta las costas Asia-Pacíficas.
Aunque distantes, Venezuela, Irán y Groenlandia comparten una meta común: asegurar recursos estratégicos cada vez más codiciados y escasos en medio de un contexto multipolar candente.
Anunciar el fin del orden internacional es ignorar con ingenuidad los acontecimientos históricos más significativos de los últimos 80 años: las mismas zonas de influencia, intereses comerciales, justificaciones bélicas y humillaciones imperiales. El caos total —como predijo Ferrajoli— genera un “vacío del derecho internacional público”, debilitado por las tensas relaciones del poder global.
Actualmente, la OTAN se enfrenta a sí misma sobre el helado terreno de Groenlandia. Observamos las devastadoras consecuencias de la guerra ruso-ucraniana y el colapso civilizacional evidenciado en la brutal masacre en Gaza. Tristemente, nuestra generación también ha sido testigo en tiempo real del funeral ético de la ONU.
En efecto, Trump solo retoma (tras un periodo de pausa conveniente) el imperativo de la fuerza y la intimidación, desmantelando convenciones y normas del sistema universal. Los fantasmas autoritarios e imperiales suelen permanecer latentes durante cierto tiempo para luego resurgir con ideales polvorientos que creíamos enterrados.
El antiguo estandarte del destino manifiesto —escribe Xabier Irujo (2025)— inspiró al spazio vitale italiano fascista, al Hakkó ichiu japonés imperial y al espíritu implacable del Lebensraum alemán: apropiación territorial y “expansión inevitable” destinada a asegurar los recursos estratégicos del territorio invadido o anexado…
En el discurso de Trump no hay matices ni silencios: “Canadá debería ser el estado 51 de EE. UU.; vamos a gobernar y permanecer en Venezuela por muchos años; podemos atacar militarmente a los carteles en suelo mexicano; necesitamos tomar Groenlandia, por las buenas o por las malas”. Cada frase encierra sin tapujos la esencia de una voluntad totalitaria porque finalmente comparte ese “destino invocado”.
Más allá de las patéticas manifestaciones europeas, Venezuela y Groenlandia guardan, por sus riquezas naturales, piezas básicas para la cadena que sostiene la civilización digital emergente. La postura europea es lamentable: una abdicación vergonzosa, un orgullo raído que titubea ante la soberanía y frente a las ruinas del derecho consuetudinario. Según Trump, más que militar, Europa enfrenta un problema civilizacional: inmigración, pérdida de identidad, baja natalidad, desgaste moral y declive cultural…
De cualquier modo, Europa pasó de un equilibrio funcional mimético a convertirse en una entelequia geopolítica y objeto de burla mundial. Sin importar sus resultados, las ambiciones imperiales sobre Groenlandia han hecho sonar las alarmas en la Unión Europea que, desmoralizada, optó por no enfrentar las atrocidades en Gaza ni las predecibles consecuencias de la guerra ruso-ucraniana.
El lenguaje inflamado de Trump resuena acorde con su tono contundente: “No necesito del derecho internacional; para actuar solo me limita mi propia moralidad. No busco hacer daño a nadie”… En su íntima convicción —providente y fatalista— su moral personal le basta; sobre el orden universal cimenta su creencia de actuar siempre “bien” en toda causa.
Señales claras de una hegemonía decadente y de un mundo que pierde estabilidad…
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








Agregar Comentario