Fuente: Rubén Peralta Rigaud/ruben_peralta_rigaud@listindiario.com
Peter Claffey, quien interpreta a Ser Duncan el Alto en la serie de HBO, comenta en la entrevista exclusiva para Listín Diario que decidieron evitar deliberadamente el exceso visual para ajustarse al punto de vista del protagonista.
Durante mucho tiempo, Westeros fue un lugar donde la ambición destruía cualquier vestigio de inocencia. Un mundo en el que crecer implicaba endurecerse y sobrevivir significaba traicionar. Con el paso del tiempo, esa dinámica se volvió agotadora. No porque dejara de ser útil, sino porque se volvió predecible. Todo debía ser más grande, más cruel y más espectacular. Por eso “A Knight of the Seven Kingdoms” se presenta como una excepción dentro de su propio universo. No busca aumentar la épica; opta por reducirla. No intenta imponerse, sino acercarse.
La serie de HBO parte de una elección crucial que cambia todo: narrar la historia desde abajo. Desde alguien sin poder, linaje ni certezas. Dunk no es un héroe en formación siguiendo el molde tradicional. Es un joven alto, torpe y ansioso, con un código moral estricto que no siempre sabe cómo aplicar.
Ira Parker, guionista, define claramente al personaje como alguien que vive con el temor constante a equivocarse. No teme a la muerte; teme no estar a la altura. Ese miedo es el núcleo de la serie. En vez de mapas, intrigas palaciegas y amenazas cósmicas, lo que destaca es la experiencia íntima de habitar un cuerpo vulnerable.
Parker enfatiza que todo debía sentirse cercano. La cámara no observa desde la distancia; camina junto a Dunk. Respira con él. Duda con él. Cuando Dunk no comprende algo, el espectador tampoco debería entenderlo completamente. Esa empatía no es casualidad; es una decisión narrativa.
Peter Claffey describe a Ser Duncan el Alto como alguien dividido entre lo que cree que debería ser y lo que realmente es. Dunk aspira a ser un caballero honorable, pero el mundo no parece recompensar ese deseo.
Claffey relaciona ese conflicto con una ansiedad muy actual: la sensación de estar bajo evaluación constante, donde cada elección define quién eres para siempre. Dunk no tiene margen para errores, lo cual lo vuelve profundamente humano.
La serie recupera un elemento fundamental que se había perdido en Westeros: la intimidad. No hay prisa por alcanzar el próximo gran evento; el viaje importa más que el destino. Cada episodio permite respirar, mostrar el cansancio, el hambre y la incomodidad física.
Parker señala en la entrevista exclusiva para Listín Diario que evitaron conscientemente la pomposidad visual porque no coincide con la perspectiva del protagonista. Dunk no siente que forma parte de una leyenda; se siente pequeño en un mundo demasiado vasto.
Este enfoque también modifica la relación central entre Dunk y Egg. No es solo un caballero y su escudero; es una relación basada en la necesidad mutua. Dunk necesita a Egg tanto como Egg necesita a Dunk.
Dexter Sol Ansell describe ese vínculo como producto de la convivencia, no del destino. No hay discursos sobre mentoría, sino miradas, silencios y confianza construida poco a poco.
Egg observa, aprende, pregunta y a veces desafía. Su presencia obliga a Dunk a mirarse internamente, justificar sus decisiones y reconocer sus contradicciones. La serie entiende que crecer no siempre significa avanzar; a veces implica detenerse y aceptar quién uno es en ese momento. Esa pausa es uno de los gestos más audaces de la serie. Uno de los temas recurrentes en cada capítulo es el honor. En Westeros suele ser un concepto letal; aquí se convierte en una pregunta abierta.
Bertie Carvell expresa esa tensión claramente al reflexionar si el honor sirve para sobrevivir o solo para sentirse bien consigo mismo.
La serie evita respuestas sencillas y muestra las consecuencias: a veces el honor salva, otras veces condena; nunca se presenta como una virtud automática. Este tratamiento resulta especialmente significativo en una época cultural donde hacer lo correcto parece cada vez más frágil.
La serie no idealiza la moralidad sino que la pone a prueba: Dunk no siempre acierta; su código lo mete en problemas algunas veces y lo protege otras tantas; pero nunca lo abandona. En un mundo donde la traición es estrategia habitual, esa lealtad resulta casi subversiva.
También hay un humor que redefine el tono del universo: físico, incómodo y en ocasiones infantil. El momento inicial que rompe con la solemnidad no es una provocación gratuita.
Parker explica que querían dejar claro desde el principio que esta no es una historia sobre héroes perfectos sino sobre cuerpos, vergüenza y el choque entre la imagen propia y la realidad material.
Ese primer gesto funciona como declaración de intenciones: antes de la épica está la humanidad; antes del mito está el error. La serie no ridiculiza el heroísmo sino que lo despoja de su aura para devolverlo a una escala alcanzable. Daniel Ings señala que esta elección conecta directamente con los textos originales de George R.R Martin, donde siempre estuvo presente la esperanza aunque muchas veces eclipsada por la violencia.
Aquí, esa esperanza no garantiza un final feliz sino una posibilidad frágil: que dos personas decentes sobrevivan un poco más; que alguien opte por no traicionar aunque sea más fácil hacerlo así. Esa esperanza no se proclama sino que se practica mediante gestos mínimos y decisiones desapercibidas.
La puesta en escena acompaña esta filosofía: barro bajo las uñas, peso de la armadura y sonido de la respiración dentro del casco —todo recuerda que la épica nace del esfuerzo físico y emocional y no del destino predeterminado— La cámara no embellece las incomodidades sino que las respeta.
“A Knight of the Seven Kingdoms” no busca competir con Game of Thrones ni House of the Dragon ni necesita dragones para sentirse importante; juega en otra liga emocional donde la tensión surge no por quién morirá sino por si alguien conseguirá mantenerse fiel a sí mismo.
En tiempos donde muchas ficciones están obsesionadas con antihéroes carismáticos, esta serie propone algo casi radical: un protagonista que desea ser bueno pero duda si podrá lograrlo; Parker resume esto diciendo: Dunk no es un héroe todavía ni sabe si alguna vez lo será pero solo querer serlo ya lo hace digno de seguirse.
Quizá ahí radique su impacto: en un universo saturado por ambición, violencia y cinismo esta historia recuerda que también puede haber épica nacida de dudas; que crecer no siempre significa ascender sino resistir cuando todo invita a rendirse.
Westeros vuelve a sentirse vivo no porque sea más grande sino porque vuelve a ser habitable; después de tantos años de excesos eso parece un pequeño milagro.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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