Entretenimiento

“Marty Supreme” narra una historia de fe inquebrantable y su realizador la equipara con la de un niño dominicano

2026 01 964292231.png
La fe que recorre "Marty Supreme" no es pura ni edificante, sino una fe terca, casi torpe, que se sostiene por la perseverancia.

Fuente: Rubén Peralta Rigaud/ruben_peralta_rigaud@listindiario.com

Una historia de fe obstinada en “Marty Supreme”, según Josh Safdie

Al abordar el relato que presenta, el director Josh Safdie, en diálogo con Listín Diario, evoca a un niño dominicano que anhela ser pitcher y alcanzar las Grandes Ligas.

La fe que recorre “Marty Supreme” no es pura ni edificante, sino una fe terca, casi torpe, que se sostiene por la perseverancia. Safdie menciona esto sin solemnidad, casi de pasada, durante su charla con Listín Diario, como si fuera algo evidente. En realidad, estaba señalando el núcleo psicológico de la trama.

Cuando le cuestiono sobre la mentalidad del protagonista, Marty Mauser, Safdie piensa en ese niño dominicano que sueña con convertirse en pitcher y llegar a las Grandes Ligas.

No lo plantea como una metáfora inspiradora ni como un elemento decorativo. Lo presenta como el origen. Como punto de partida. Explica que “Marty Supreme” surge de esa lógica.

Ese niño habita un lugar del que parece muy difícil salir. Pero el sueño está ahí. No es racional ni estratégico. Es visceral. Es una promesa de escape. Safdie no lo idealiza; lo comprende. Y al hacerlo, vincula la ambición de Marty con una fe que nada tiene que ver con la meritocracia y todo con la supervivencia emocional.

“Marty Supreme” no es una película sobre tenis de mesa, igual que muchas historias sobre boxeo no tratan realmente sobre boxeo. Se trata de creer en una salida cuando no hay garantías de que exista.

TRA Podcast Studios

Marty no busca la gloria. Busca la posibilidad de no quedarse donde está. El tenis de mesa no es un deporte que asegure dinero, fama o estabilidad. Es un camino lateral, casi absurdo, hacia una idea de futuro. Justamente por eso funciona como motor dramático. Marty no opta por lo lógico; escoge lo que le permite continuar creyendo.

Safdie filma esa fe con absoluta seriedad. No hay ironía en su mirada hacia el protagonista ni distancia condescendiente. Marty no es un personaje excéntrico observado desde afuera; es alguien que vive en constante tensión, convencido de que si deja de moverse, hablar o arriesgarse, todo se desmorona. Esa energía inestable marca el ritmo del filme. Todo parece a punto de estallar, no porque el mundo sea hostil, sino porque Marty no sabe vivir de otro modo.

La referencia al niño dominicano subraya una diferencia fundamental. El sueño de ese chico no depende de un sistema favorable; depende de su cuerpo, su resistencia y la repetición obsesiva de un gesto, sin saber si alguien observa. Safdie capta esa lógica y se la aplica a Marty. No le interesa mostrar el talento como don; quiere mostrarlo como insistencia, como una fe ciega en que algo puede funcionar si se repite suficientes veces.

Por eso los espacios en Marty Supreme se sienten vivos; no son simples decorados sino ecosistemas. Safdie insiste en que cada lugar debía parecer habitado antes de que llegara la cámara. No graba espacios vacíos esperando ser activados por la acción; filma lugares que existían y existirán cuando Marty se vaya. Esa decisión es ideológica más que estética: significa que Marty no es el centro del mundo, sino solo una fuerza que lo atraviesa.

La película, nominada nueve veces al Óscar, insiste en recordarnos que Marty no es especial en sentido tradicional; no es el elegido ni un prodigio indiscutible. Habla demasiado.

Promete más de lo que puede cumplir y se mete en problemas innecesarios; pero cree con intensidad incómoda. Cree incluso cuando la evidencia indica lo contrario. Cree como cree ese niño dominicano entrenando bajo el sol sin saber si alguna vez saldrá.

Ese tipo de fe rara vez recibe elogios en el cine actual. Estamos rodeados de relatos que valoran la inteligencia estratégica, el cálculo y la planificación. Marty Supreme sigue otro camino: su protagonista no calcula bien ni mide consecuencias ni espera el momento justo; se lanza y con ello se expone al ridículo, fracaso y pérdida. Safdie no embellece esas caídas; las muestra como parte inevitable del precio de creer.

Las relaciones de Marty con quienes lo rodean reflejan esa lógica: a veces inspira; otras agota; a veces resulta insostenible. No es un líder carismático clásico; arrastra a otros por su convicción aunque parezca absurda. Como ese niño que cree que un brazo fuerte puede cambiar su destino, Marty piensa que un talento marginal puede abrir puertas invisibles para los demás.

Safdie no juzga esa creencia ni la glorifica; la observa con mezcla de fascinación y alarma porque sabe que la fe incumplida puede volverse destructiva; pero también sabe que sin ella no hay avance posible. El verdadero peligro no es creer demasiado sino dejar de creer.

En ese sentido, Marty Supreme funciona como reflexión sobre movilidad social sin nombrarla directamente. El sueño del niño dominicano coincide con el sueño de Marty.

Ambos parten de lugares donde quedarse equivale a desaparecer; confían en una habilidad específica como tabla salvavidas; saben que las probabilidades están en contra pero siguen adelante.

La película evita cuidadosamente discursos meritocráticos: no sugiere que desear algo sea suficiente para lograrlo; muestra lo arbitrario del éxito: Marty puede hacer todo bien y perder; el niño puede entrenar toda su vida sin llegar jamás. Safdie no promete justicia sino experiencia; ofrece un retrato honesto de una fe sin garantías.

Esa honestidad incluye la relación con el espectador: Marty Supreme no busca consuelo ni moralejas claras sino situar al público dentro del estado mental donde creer es único modo para seguir vivo; donde dejar de creer significa aceptar un encierro definitivo.

La historia del niño dominicano surge en la conversación con Safdie como detalle fugaz pero atraviesa toda la película: recuerda que los sueños nacen menos de ambición y más de urgencia por imaginar otra vida posible. Marty no quiere ser admirado sino salir adelante, moverse y probar que el mundo no está completamente cerrado.

Finalmente, Marty Supreme no responde si esa fe basta; porque eso no le interesa tanto como algo incómodo: mostrar qué sucede cuando alguien decide creer pese a todo; mostrar costo emocional, físico y social de esa elección; mostrar cómo la fe es práctica cotidiana agotadora y a veces solitaria más que estado elevado.

Josh Safdie habla del niño dominicano sin épica ni discurso grandilocuente sino como quien entiende profundamente ese impulso; y así Marty Supreme se revela por fin: una película sobre quienes creen sin certezas, apuestan todo a salidas improbables y siguen lanzando la pelota una y otra vez —no por sensatez— sino porque es única vía para no rendirse.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

Sobre el Autor

TRA Noticias

TRA Noticias

info@teleradioamerica.com
Calle Leonor Feltz #33 Esquina Dolores Rodríguez Objio
809-539-8080

Agregar Comentario

Clic para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

TRA Digital

GRATIS
VER