Fuente: Hoy Digital
La alocución de Javier Milei en el Foro de Davos no ha alcanzado la repercusión que el presidente argentino esperaba. A pesar de su sorprendente declaración inicial sobre la muerte de Maquiavelo, los medios políticos y periodísticos, especialmente en Argentina, se han limitado a mencionar aspectos políticos puntuales, ignorando el núcleo principal de su discurso.
Sin embargo, considero que este desdén cultural es poco constructivo, particularmente por parte de quienes rechazan las ideas de Milei, y en especial desde sectores de la izquierda. Tal vez responde a esa arrogancia moral e intelectual que a menudo se atribuye al pensamiento progresista.
Comparto esta visión porque pocas veces se escucha un planteamiento tan amplio en materia de cultura política. No importa que Milei exponga sus ideas de forma poco elaborada, tanto en contenido como en estilo. Tampoco resulta relevante su manera arrogante de empezar su intervención: “Estoy aquí frente a ustedes para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto”. Tampoco es fundamental que su presentación fuera manifiestamente imperfecta (dicción deficiente, errores, titubeos). Ya es sabido que Milei no se desempeña bien leyendo discursos. Lo verdaderamente importante es el intento por desplegar una propuesta de cultura y filosofía política para dar respaldo a su acción gubernamental; un dato significativo que indica que un proyecto político no se sostiene solo con el ejercicio crudo del poder, sino que requiere un discurso, un razonamiento, una narrativa que lo legitime desde lo moral y cognitivo.
El mandatario argentino sostiene que Maquiavelo ha muerto porque ya no es válida su máxima más reconocida: el fin justifica los medios. Naturalmente, las reflexiones del autor florentino son más amplias y complejas, pero eso tampoco resulta esencial (quedando abierta la duda sobre hasta qué punto Milei ha profundizado en la obra de Maquiavelo).
En cualquier caso, el presidente no logra explicar claramente cómo relaciona la supuesta muerte de la tesis maquiavélica con el resto de su mensaje en Davos. Parece insinuar algo que la izquierda no autoritaria ya ha aceptado hace tiempo: los medios deben ser coherentes moralmente con los fines. No es éticamente admisible utilizar métodos perversos para alcanzar un buen objetivo. Esta idea se ha reiterado desde mediados del siglo pasado (por ejemplo, con el pensador Norberto Bobbio, quien fue doctor honoris causa de la Universidad de Buenos Aires). Así, mencionar la antigua máxima maquiavélica no certifica su desaparición sino que paradójicamente revive su vigencia.
Los dos ejes principales del discurso de Milei fueron, por un lado, lo que los críticos llaman “vestir al maniqueo”, es decir, transformar al adversario en un estereotipo para atacarlo; y por otro lado, lo más relevante, presentar una alternativa sustancial en términos de cultura política.
El presidente argentino califica al socialismo como un conjunto difuso de ideas donde caben desde el totalitarismo estalinista hasta el pacifismo representado por Olof Palme. En todo caso, sería el factor perturbador que desvirtuó los valores occidentales. De esta forma, la diferencia entre un partido laborista defensor de la libertad y democracia y la dictadura sangrienta de Maduro se reduce a una cuestión meramente cuantitativa. El propósito es simplificar al adversario para facilitar su crítica. Pero esta falacia queda más patente cuando Milei expone su propuesta alternativa.
Aunque no lo dice explícitamente, la razón detrás de la muerte anunciada del principio maquiavélico parece ser que para alcanzar el bien común (fin último) no solo se sostiene que el capitalismo de libre empresa es el medio más eficiente sino también uno intrínsecamente justo desde una óptica moral. Es decir, es un medio congruente con la bondad del fin.
Para fundamentar esto, Milei realiza un recorrido algo disperso desde Jenofonte hasta Pareto, con frecuentes referencias al libertario español Jesús Huerta de Soto, economista exliberal radicalizado hacia el anarcocapitalismo. Huerta combate el estatismo proponiendo eliminar completamente al Estado. No ofrece ningún sistema político alternativo: siguiendo la línea paleoanarquista asegura que ese orden sociopolítico se formará espontáneamente tras la desaparición estatal total.
Ante las experiencias históricas conocidas incluso en España, puede afirmarse que existe un riesgo considerable de que esta solución sea peor que el problema original. No debe confundirse el consenso contra el estatismo y la valoración del mercado como mecanismo para asignar recursos con la vieja utopía anarquista del espontaneísmo.
Al enumerar los valores que justifican la bondad del libre mercado, Milei remite a las tradiciones clásicas occidentales: filosofía griega, derecho romano y valores judeocristianos. Es decir, aquellos valores occidentales “antes de ser corrompidos por el socialismo”. Esta mirada retrospectiva oculta una maniobra moral descarada: ignora el hito histórico representado por la triada revolucionaria (americana y europea) que dio origen a la modernidad: libertad, igualdad y fraternidad. Al centrarse únicamente en el primer valor (con el cual suele cerrar sus discursos airadamente), sin situarlo dentro del contexto completo, su planteamiento resulta esencialmente premoderno.
Es falso entonces atribuir a cualquier socialismo la corrupción de los valores occidentales modernos; aunque sí es cierto que la izquierda autoritaria y estatista ha tenido ese efecto. La maniobra de Milei consiste en ocultar los valores modernos occidentales que incluyen dilemas ineludibles a resolver democráticamente; uno frecuente es hallar un equilibrio entre libertad e igualdad tanto en valores como en instrumentos.
Se ha escrito mucho sobre cómo abordar ese dilema y sobre las consecuencias nefastas de ignorarlo privilegiando uno solo. La obsesión utópica por la igualdad sin libertad condujo a regímenes autoritarios corruptos y antidemocráticos. Por otra parte, sostener que una libertad absoluta conduce a un orden social armónico espontáneo constituye otra peligrosa utopía. Esto desemboca inevitablemente en darwinismo social donde solo los más aptos tienen derecho al bienestar; según Milei esos serían quienes maximicen la función empresarial movilizadora.
En resumen, evitar enfrentar el dilema planteado por la triada moderna no tiene nada novedoso ni revolucionario. Además, la historia demuestra ampliamente que negar estos dilemas valóricos fundamentales propios de la modernidad no es sostenible y causa daño mientras persiste.
El anuncio grandilocuente sobre la muerte de Maquiavelo fue simplemente una búsqueda desesperada por un titular viral en redes sociales. La máxima atribuida al pensador florentino hace tiempo fue superada por la teoría política incluso desde posturas izquierdistas no autoritarias; solo una ignorancia monumental sobre evolución del pensamiento político en el siglo XX puede intentar resucitar ese vestigio muerto para dramatizar nuevamente su fallecimiento.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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