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La habilidad de fomentar el amor: maneras en que dañamos o fortalecemos nuestras parejas

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Porque, ¿quién no anhela que esa ternura y complicidad iniciales duren para siempre y más allá?

Fuente: Listin diario

Cultivar una relación amorosa, al igual que un jardín, demanda mucho más que suerte o coincidencias: requiere dedicación, cuidado y voluntad constante.

No basta con que Cupido haya lanzado su flecha; el amor es una semilla frágil que necesita ser regada diariamente con gestos de comprensión, empatía y compromiso. Porque, ¿quién no anhela que esa ternura y complicidad iniciales duren para siempre y más allá?

No obstante, en el trayecto del amor surgen obstáculos. A menudo, este camino es estrecho, plagado de desafíos y malas hierbas que, si dejamos crecer, dañan la relación.

Hay comportamientos y actitudes que nos unen y favorecen nuestro florecimiento conjunto. La confianza y el afecto se construyen gradualmente mediante pequeños detalles que nos aseguran estar en un espacio seguro.

Solo es necesario que el otro escuche sin juzgar, respete nuestros silencios y sea coherente con su palabra para que nuestro sistema nervioso se tranquilice y podamos mostrar nuestra mejor versión.

La neurociencia nos indica que el cerebro aprende por repetición: mientras más tiempo compartimos con personas que nos cuidan y valoran, más sencillo resulta conservar ese estado de calma y bienestar. Así, un vínculo se asienta sobre una base sólida y cotidiana.

Proteger una relación es tanto un arte como una responsabilidad compartida. Si no existe reciprocidad, la relación no funciona; quien constantemente ofrece gestos para sostenerla termina agotado y afligido.

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Debe existir un equilibrio entre dar y recibir. Mantener una pareja exige valentía para introspección, paciencia para escuchar, generosidad para ofrecer lo mejor de nosotros mismos y disposición alegre para aceptar lo que el otro puede aportar.

Cuando alguien percibe que da demasiado para sostener la relación, inevitablemente se resquebraja. Por eso, la pregunta es clara y profunda: ¿queremos cultivar ese jardín día tras día con amor y dedicación?

La respuesta está solo en nuestras manos y corazón. Porque el verdadero milagro del amor no surge por azar, sino es fruto de una elección diaria: acercarse y construir juntos un refugio donde ambos puedan crecer.

Destruir nuestras relaciones suele deberse a factores fundamentales. La desconfianza, por ejemplo, al arraigarse en nuestra mente genera inseguridad que provoca silencios y distanciamiento.

Rempel y colaboradores (1985) ya destacaron que la falta de confianza origina conflictos que van separando a la pareja; este tema es complejo porque está vinculado a inseguridades propias y experiencias pasadas individuales.

Por ello, antes de iniciar una relación de pareja es crucial realizar un trabajo interior: cultivar la autoestima, sanar heridas previas y aprender a gestionar emociones para consolidar vínculos con mayor claridad, estabilidad y madurez.

El amor propio y el autoconocimiento son la base para confiar en el otro y evitar que viejos temores o inseguridades condicionen la relación. Solo cuando nos sentimos completos y responsables de nuestro bienestar podemos abrirnos al amor auténticamente, sin depender del otro para cubrir carencias.

Así, el trabajo personal no solo previene la desconfianza sino también promueve relaciones sanas y maduras donde el crecimiento es compartido y la conexión se fortalece día a día.

La traición en cualquiera de sus formas deja heridas profundas difíciles de sanar. La infidelidad es una causa frecuente de rupturas. Tampoco se deben olvidar las diferencias irreconciliables.

Cuando los valores y objetivos personales divergen, encontrar acuerdos se vuelve complicado. Las discrepancias esenciales pueden abrir un abismo que si no se trabaja termina separando a la pareja.

Gootman (1994) identificó cuatro “jinetes del apocalipsis” en las relaciones: críticas, desprecio (y lenguaje hostil), actitud defensiva (evitar responsabilidades) y evasión (retirarse o ignorar). En efecto, la falta de respeto junto al lenguaje hostil deterioran gravemente la comunicación e intensifican conflictos.

Por supuesto, el aislamiento emocional contribuye al desgaste de la intimidad. Dejar de compartir pensamientos, miedos y sueños hace que cada uno se refugie en sí mismo perdiendo ese espacio seguro exclusivo de la pareja.

Otros elementos que afectan considerablemente una relación son el estrés externo —ya sea por problemas económicos, laborales o familiares— lo cual pone a prueba su solidez.

Las diferencias en el deseo sexual o los celos pueden generar conflictos; sin embargo, diálogo y empatía resultan clave para superar estos retos y fortalecer el vínculo. Sentirse apoyado en momentos decisivos es fundamental para que la relación prospere.

En conclusión, mantener una relación saludable implica esfuerzo, equilibrio y autoconocimiento. Solo cuando ambos asumen compromisos se construye una base fuerte para el amor y la felicidad compartida.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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