Fuente: Hoy Digital
El papel central de las emociones en la comunicación política
Las emociones juegan un rol esencial en la comunicación política actual. Sentimientos como la ira, la indignación moral, el resentimiento y la nostalgia moldean las percepciones de pertenencia, amenaza y orden social, precediendo y orientando las ideologías. Así lo señala el investigador Paolo Demuru en su libro “Políticas del Encanto”. En este escenario se mueve Donald Trump, quien gobierna mediante el ruido constante y la creación ininterrumpida de crisis que no se solucionan, sino que se acumulan y se superponen.
Frente al ascenso de la extrema derecha, las gramáticas afectivas sostienen procesos de polarización que superan las divergencias tradicionales para convertirse en antagonismos morales, donde el “otro político” se percibe como una amenaza existencial.
El pánico moral: exageración y alarma en la construcción del miedo
La desproporción, la exageración y la alarma son rasgos distintivos del pánico moral, concepto consolidado en los años 70 por el sociólogo Stanley Cohen, utilizado para analizar la interacción entre medios de comunicación, política y opinión pública. Cada época presenta sus propios pánicos morales, surgidos en contextos históricos específicos, sobre todo durante cambios de poder, crisis hegemónicas e inseguridad social.
Autores como Walsh y Hill sostienen que los pánicos morales requieren de las plataformas digitales para existir, difundirse y ampliar su alcance. De esta manera, dejan de ser solo expresiones de ansiedades sociales para ocupar un lugar clave en las luchas de poder, funcionando como dispositivos continuos que producen significado al articular afectos, narrativas y antagonismos a gran escala. El miedo se consolida como un recurso estratégico político y comunicacional que permea debates públicos y modos de gobernanza.
La estrategia comunicacional de Donald Trump
En un contexto donde Estados Unidos ve debilitada su hegemonía global, opera menos a partir de la estabilidad institucional y más mediante la constante generación de amenazas. La política pasa de administrar el bien común a gestionar el miedo, un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para proyectarse internacionalmente.
Episodios recientes —como los reiterados intentos por deslegitimar gobiernos latinoamericanos, la presión sobre Venezuela o las narrativas fantasiosas acerca de la “captura” de Nicolás Maduro— evidencian una gramática imperial centrada en la idea de una conspiración permanente: siempre hay algo tramado contra Estados Unidos, su soberanía y su “destino histórico”. Bajo esa lógica, acciones contundentes como sanciones o amenazas militares parecen necesarias, preventivas y moralmente justificadas.
Comprender a Trump requiere este marco más amplio. Las fantasías conspirativas no son simples excentricidades retóricas ni desviaciones personales; constituyen una estrategia clave adoptada desde antes de su llegada a la Casa Blanca. El expresidente estadounidense aprendió que las narrativas basadas en amenazas movilizan más que los proyectos futuros y que el pánico moral es un recurso sumamente efectivo en tiempos inestables y dominados por plataformas digitales.
Durante su recorrido político, Trump convirtió temas estratégicos en escenarios de guerra simbólica. La inmigración fue presentada como una invasión; la prensa como enemigo del pueblo; las elecciones como un fraude constante; la ciencia como una conspiración elitista. Lo importante no es tanto la veracidad sino generar una sensación generalizada de riesgo moral, cultural y existencial. Así gobierna a través del sentimiento de que “algo está siendo robado”: el país, la identidad o el estilo de vida.
La propuesta sobre Groenlandia ejemplifica esta lógica
A primera vista, proponer “comprar” un territorio soberano puede parecer un desvarío geopolítico. Sin embargo, desde la óptica trumpiana esa idea cumple una función mucho más elaborada: actúa como un mecanismo de pánico moral. Sugiere que Estados Unidos pierde espacio, territorio e influencia frente a enemigos externos —como Rusia y China— y ante élites internas incapaces de defender intereses nacionales. La fantasía territorial funciona aquí como metáfora del país asediado y decadente que debe ser “recuperado” a cualquier costo.
Maestro en fabricar pánico comunicacional con apoyo de redes sociales y algoritmos que favorecen a la extrema derecha, Trump despierta temores profundos, reorganiza antagonismos y crea sentido de pertenencia mediante exclusión. El “nosotros” existe solo porque hay un “ellos” amenazante: migrantes, globalistas, burócratas, periodistas o científicos. La cuestión es menos buscar soluciones y más gestionar resentimientos canalizando frustraciones difusas hacia objetivos moralmente sensibles.
Impacto social del pánico moral
En este entorno marcado por el miedo continuo, las estrategias basadas en pánico moral dejan ser simples discursos electorales para provocar efectos sociales amplios. Por ejemplo, la migración se ha transformado en un problema político permanente. La llegada especialmente del Sur Global se interpreta sistemáticamente como una amenaza difusa al orden social, cultura y estabilidad económica; no a partir de datos objetivos sino por medio de narrativas reiteradas que producen peligro.
La migración deja así de ser vista como una experiencia compleja para convertirse en un símbolo que sintetiza temores capaces de organizar distintas ansiedades contra un enemigo reconocido. En esta dinámica el miedo no solo orienta decisiones electorales sino también reordena jerarquías internas dentro mismo de las diásporas generando distinciones entre migrantes “legítimos” e “indeseables”, convirtiendo ese fenómeno en terreno atravesado por disputas simbólicas, afectivas y políticas.
Se consolida así un régimen permanente de atención propio del ecosistema digital donde la política opera mediante crisis sucesivas, declaraciones exacerbadas, retrocesos calculados y nuevos episodios tensionales. Nada se resuelve ni estabiliza: el pánico es el estado habitual del hacer político.
Interpretación simbólica del caso Groenlandia
Por ello propuestas como comprar Groenlandia deben leerse menos como delirios geopolíticos aislados y más como dispositivos simbólicos dentro de un imaginario imperial perpetuamente alerta donde territorios y soberanías parecen estar siempre amenazados por fuerzas externas. Trump no gobierna a despecho del caos generado; lo hace mediante él movilizando afectos para mantener una atención suspendida constantemente y gestionando el miedo como recurso central del poder en un mundo atravesado por plataformas digitales, algoritmos y fantasías conspirativas.
El trumpismo revela algo más que un estilo personal: muestra cómo en un entorno dominado por métricas digitales e interacción acelerada emocionalmente la fantasía conspirativa deja ser marginal para constituirse en racionalidad política. Groenlandia, el muro fronterizo o la supuesta “amenaza comunista” no son solo temas sino dispositivos político-comunicacionales para movilizar afectivamente; donde importa más mantener vivo el miedo que defender verdades objetivas.
*Este texto forma parte del proyecto investigativo “Activismo antiinmigratorio en plataformas digitales en apoyo a políticas de extrema derecha y antiinmigratorias”, desarrollado por el Programa de Posgrado en Comunicación y Prácticas del Consumidor en ESPM.
Denise Cogo es profesora en la Escola Superior de Propaganda e Marketing (ESPM) de São Paulo (Brasil). Coordina el grupo investigador Deslocar (https://deslocar.org/). Es Investigadora Productividad 1C del CNPq e Investigadora Asociada del InCom-UAB.
Rafael Alberico Chaves es candidato a doctorado en Comunicación y Prácticas del Consumidor por ESPM (São Paulo), con beca Prosup CAPES. Profesor en cursos de Comunicación en FECAP (Fundação Escola de Comércio Álvares Penteado). Forma parte del grupo Deslocar (https://deslocar.org/).
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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