Fuente: Hoy Digital
La memoria es una capacidad sumamente particular y selectiva. A pesar de nuestro trabajo en el Caribe, entre el Centro Cariforum, las Bienales y otros vínculos, al mencionar Martinica y su arte, rápidamente pensamos en la Fondation Clément, Valérie John y Ernest Breleur.
La Fondation Clément destaca por su contribución institucional y apoyo artístico. Valérie John se reconoce por su obra constructiva que vinculamos con la misma Fondation.
Ernest Breleur permanece en nuestra mente por los recuerdos de conversaciones con el maestro y por la ilusión –una ilusión, creemos– de haber visitado su taller. En aquel momento hablamos sobre su uso de radiografías, y creemos recordar que mencionó un cambio…
No recordamos la fecha exacta, pero ahora, de repente, la Fondation Clément aparece en Santo Domingo como entidad organizadora, Valérie John como autora de un ensayo para el catálogo, y por supuesto el inmenso Ernest Breleur, quien expone “La fragilidad de un corazón de cristal”, cuarenta años de creación.
De la emoción a la reflexión
Cada expresión artística, cuando alcanza un alto nivel, genera emoción si quien la percibe tiene sensibilidad. Las artes visuales suelen despertar alegría, placer e incluso exaltación.
La música clásica, especialmente en sus momentos sublimes, puede conmover hasta provocar lágrimas.
Curiosamente, nuestros ojos se humedecen al contemplar ciertas pinturas y obras planas de Ernest Breleur. Esto nos ocurrió en la sala central del Museo frente a cuadros de la “serie blanca” y de “El Origen del mundo”, como si las líneas temblorosas y los chorreados controlados, junto a las miniaturas de cuerpos femeninos atrapados en un espacio casi carcelario, fueran sonidos.
En definitiva, las pinceladas de Ernest Breleur conmueven como notas musicales, frases y movimientos sonoros. Se repite la emoción pero distinta, alegre y risueña, cuando descubrimos sus esculturas: colgantes y vibrantes; aquí lo poético se une con lo visual.
En el sótano otra emoción nos invade al entrar en la Salita oscura: allí percibimos “disonancias”. Nos enfrentamos a la impresionante instalación casi cegadora titulada “Pol Pot”.
Como si gracias a la magia técnica de Ernesto Breleur el sanguinario dictador camboyano hubiera simbolizado su infierno mediante una luz ardiente y un sonido intenso. Sin duda, se trata de una pieza muy especial: el rojo radiante expresa tragedia y hace parpadear.
Ahora bien, esta es la única obra a la que Ernesto Breleur ha otorgado un título; incluso podríamos preguntarnos por qué y tratar de interpretarla, corriendo el riesgo de equivocarnos.
Nos sorprende descubrir que Ernesto Breleur no asigna títulos a sus piezas – así deja absoluta libertad a nuestra mirada externa e interna–. ¡Cuántas veces un título orienta pero también confunde! Sin embargo, él organiza cada mural o volumen espacial dentro de “series”,
Cronológicas o temáticas
Lo curioso es que no las percibimos como tales: semejantes, sucesivas o reiteradas. Más bien las “leemos” como partes de una etapa o puntos dentro de un período; estamos seguros que habrá otras “series”: el Maestro posee creatividad infinita y goza de total libertad respecto a materiales, técnicas, temas, concepción y compromiso.
Radiografías y deshumanización
El constante empleo de radiografías sorprende a muchos. En el arte dominicano creemos que solo Soucy de Pellerano –gran innovadora– las usó duplicando el soporte pictórico, pero fue algo parcial y breve. Ernest Breleur convierte las placas radiográficas en herramienta permanente más que en simple soporte. Las manipula: corta, tuerce, ensambla; las transforma… O las combina con otros materiales plásticos o metálicos o con adhesivos para lograr efectos particulares.
Se percibe la paciencia del artista trabajando solo. Hay un cuadro radiográfico grande muy bien ubicado donde fija cientos –¡o más!– pegatinas.
Han analizado profundamente –y hasta el propio Breleur lo ha hecho– cómo el maestro ha cuestionado metafísicamente lo que sucede con los seres humanos: cómo son olvidados, desinformados y despojados de su persona. Asume un compromiso profundo e integral: las radiografías traducen ese ataque contra la identidad y el individuo; esa violencia contra la diferencia.
La creación de Ernesto Breleur representa un contexto universal; su serie “Retratos sin rostro” alude a la desaparición del ser humano visible. Sin embargo, no todo es sombrío: él cree en la vida y la celebra a través de la mujer productora de vida; todos los cuerpos diseñados y esbozados con innumerables signos anatómicos son femeninos.
Terminamos este texto con una aparente falta de respeto: el apellido Breleur nos recordó en francés “breloque”, palabra que define una pequeña joya femenina decorativa colgante o fijada a una pulsera. Ernesto Breleur dispone unas “breloques” en composiciones magistrales que también son obras lúdicas. Este juego –en un arte tan serio– rinde homenaje a la profusión ornamental femenina multiplicando las “breloques” y su encanto.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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