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Migración, género y liderazgo mundial: ¿una dificultad o una chance para Brasil?

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La movilidad humana ya no solo representa un desafío humanitario o administrativo; también es un espacio donde se establecen nuevas normas, prácticas y liderazgo global.

Fuente: Hoy Digital

Un nuevo orden global en la gestión migratoria: el rol de Brasil en un contexto complejo

En un escenario caracterizado por desplazamientos masivos, fronteras cada vez más militarizadas y un multilateralismo en declive, la manera en que los Estados abordan la migración se ha convertido en uno de los indicadores más claros del tipo de orden internacional que está emergiendo. La movilidad humana ya no solo representa un desafío humanitario o administrativo; también es un espacio donde se establecen nuevas normas, prácticas y liderazgo global. En este marco, Brasil desempeña un papel destacado. Su experiencia reciente en la gestión de desplazamientos regionales, junto a su tradición diplomática y marcos normativos relativamente progresistas en materia migratoria, lo posicionan como un actor influyente para impulsar una gobernanza migratoria más humana, basada en derechos y con sensibilidad hacia las desigualdades de género. No obstante, Brasil enfrenta importantes brechas entre su marco legal y la realidad que viven especialmente las mujeres migrantes.

La movilidad humana en el siglo XXI está atravesada por desigualdades estructurales. Para millones de personas migrantes, desplazarse implica cruzar fronteras militarizadas, atravesar territorios dominados por el crimen organizado o enfrentarse a sistemas administrativos arbitrarios para obtener protección. Además, la migración supone lidiar con sistemas de acogida fragmentados, racializados y marcados por interpretaciones restrictivas sobre quién merece protección y qué tipo de asistencia deben brindar los Estados.

Las mujeres se enfrentan a riesgos específicos durante el tránsito y en sus destinos, tales como violencia sexual y de género, dificultades para acceder a servicios de salud, precariedad laboral y barreras institucionales para acceder a protección internacional. Estas vulnerabilidades son consecuencia de decisiones políticas, vacíos en la gobernanza y marcos migratorios que aún no integran plenamente las dimensiones de género en la movilidad humana.

La migración como laboratorio del nuevo orden mundial

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El sistema internacional liberal y multilateral predominante durante las últimas décadas está experimentando una transformación profunda, y la migración se ha convertido en uno de los campos más visibles de este cambio. En muchos aspectos, la gobernanza de la movilidad humana funciona hoy como un laboratorio del nuevo orden global por tres razones principales.

Primero, la fragmentación del multilateralismo. Aunque las instituciones internacionales continúan existiendo, su capacidad de coordinación se ha debilitado considerablemente. En materia migratoria, esto se refleja en respuestas cada vez más unilaterales por parte de los Estados, con políticas restrictivas que priorizan interpretaciones limitadas del interés nacional. Controles fronterizos reforzados, limitaciones al acceso al asilo y deportaciones frecuentes han dificultado el movimiento. Iniciativas como el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular o el Pacto Mundial sobre los Refugiados buscan fomentar la cooperación internacional, pero su implementación depende fundamentalmente de la voluntad política estatal.

Segundo, el incremento de políticas migratorias securitizadas. En muchas regiones se aborda la migración cada vez más desde una perspectiva securitaria. Las políticas actuales se desarrollan en un contexto donde la movilidad humana es percibida simultáneamente como crisis humanitaria y amenaza. Incluso las respuestas humanitarias coexisten con mecanismos que restringen la autonomía diaria de los migrantes. Programas de acogida, sistemas asistenciales o centros temporales diseñados para proteger pueden funcionar también como herramientas para gestionar y controlar la movilidad. Esta tensión refleja cómo los Estados tratan de atender crisis humanitarias mientras refuerzan el control sobre quién puede moverse, cómo y bajo qué condiciones.

Tercero, los países del Sur Global están asumiendo cada vez más la gestión principal de los grandes desplazamientos, lo que reconfigura el mapa de la gobernanza migratoria mundial. Las grandes crisis no se concentran exclusivamente en Europa o Medio Oriente. El caso venezolano es un claro ejemplo: más de siete millones han salido del país en la última década —uno de los desplazamientos contemporáneos más grandes— y la mayoría permanece dentro de América Latina, obligando a los países vecinos a desarrollar respuestas inmediatas y muchas veces inéditas. En este escenario, Brasil, Colombia y Perú han asumido roles centrales en la gestión regional de esta movilidad humana.

Brasil y su protagonismo regional

Brasil destaca por varias razones: es una potencia regional con influencia diplomática significativa en el Sur Global y tiene una larga trayectoria participando en foros multilaterales donde ha actuado como mediador entre diferentes regiones y bloques políticos. Además, cuenta con experiencia gestionando desplazamientos masivos regionales, particularmente relacionados con la migración venezolana.

En términos normativos, Brasil posee marcos relativamente avanzados sobre derechos humanos y protección a refugiados inspirados en principios regionales como la Declaración de Cartagena. En la reciente Declaración de Brasilia adoptada durante la XXIII Conferencia Sudamericana sobre Migraciones, Brasil formuló una retórica regional que combina responsabilidad compartida con liderazgo diplomático activo, posicionándose como referente regional en gobernanza migratoria latinoamericana. También ha implementado respuestas institucionales frente al flujo venezolano especialmente mediante la Operação Acolhida —un programa que integra asistencia humanitaria, regularización migratoria y mecanismos internos de reubicación— presentadas frecuentemente como ejemplos destacados de liderazgo humanitario regional.

No obstante, persiste una discrepancia entre las aspiraciones normativas y las experiencias diarias de las personas desplazadas. En diversos contextos las respuestas humanitarias conviven con mecanismos restrictivos que limitan derechos y autonomía. Medidas destinadas a proteger pueden terminar limitando la capacidad real de las personas migrantes para reconstruir sus redes sociales y económicas autónomamente.

Además persisten significativas brechas en protección con perspectiva de género. Muchas políticas migratorias se diseñan bajo supuestos aparentemente neutrales que no reconocen los riesgos específicos que enfrentan las mujeres durante su desplazamiento; estas carencias se evidencian en áreas como salud sexual y reproductiva, acceso a cuidados y exposición a violencia basada en género.

Si Brasil desea tener un papel relevante en moldear el nuevo orden global, su liderazgo no solo dependerá de su peso económico o influencia geopolítica sino también de su capacidad para promover modelos de gobernanza migratoria que conjuguen protección, dignidad y autonomía para quienes están en movimiento. En este sentido, proteger a las mujeres migrantes no es un tema marginal: es una prueba concreta sobre cómo los principios de derechos humanos y justicia se traducen —o no— en prácticas reales dentro de la gobernanza global sobre movilidad humana.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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