Fuente: Alon Ben-Meir/alon_ben_meir@ipsnoticias.net
NUEVA YORK – Resulta complicado exagerar la gravedad de las consecuencias derivadas de la publicación de Donald Trump en Truth Social el 7 de abril, donde afirmó que “una civilización morirá esta noche, para no volver jamás”, si Irán no alcanzaba un acuerdo. Esta declaración tan contundente implicaba el uso de “armas de destrucción masiva”, es decir, nucleares, para cumplir con su amenaza.
Evidentemente, no puede destruir un país tan vasto ni eliminar a una población de 95 millones con armamento convencional. Aunque la probabilidad de que el presidente estadounidense cumpliera su amenaza era baja, ni Irán ni gran parte de la comunidad internacional subestimaron sus palabras.
La polémica frase de Trump ha generado una ola notable de condenas desde Teherán hasta El Vaticano, incluyendo a organismos internacionales de derechos humanos.
El secretario general de Amnistía Internacional calificó el discurso de Trump como una “amenaza apocalíptica”, señalando que su promesa de destruir “toda una civilización” revela “un nivel asombroso de crueldad y desprecio por la vida humana” y debería motivar una acción global urgente para evitar crímenes atroces.
El papa León XIV tildó ese lenguaje como “verdaderamente inaceptable”, mientras que el primer ministro británico, Keir Starmer, repudió la amenaza, afirmando que “no son palabras que yo utilizaría – ni jamás utilizaría – porque abordo esto desde nuestros valores y principios británicos”.
En conjunto, estas reacciones, entre muchas otras, evidencian que la retórica de Trump no se considera una mera exageración, sino una amenaza genocida que quebranta las normas esenciales del derecho internacional.
La embajada iraní en Pakistán desestimó la idea de que Trump pudiera borrar una cultura que resistió a Alejandro Magno y a los mongoles, afirmando que las civilizaciones “no nacen de la noche a la mañana y no morirán de la noche a la mañana”.
Las promesas de Trump de “devolver (a los iraníes) a la Edad de Piedra” y permitir que “toda una civilización… muera” han sido recibidas en Teherán no como meros arrebatos. Los dirigentes iraníes interpretan este lenguaje como una admisión clara de intenciones para cometer crímenes de guerra y ya lo consideran parte de un relato existencialista en su conflicto con Washington.
En manos de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), la amenaza de la “Edad de Piedra” se convierte en un recurso propagandístico: aseguran que es la prueba evidente de que Estados Unidos no solo se opone al régimen, sino que aspira a borrar a todo un pueblo.
La respuesta del IRGC ha sido más desafiante que intimidada, prometiendo represalias “más fuertes, más amplias y más destructivas”, y advirtiendo que cualquier escalada estadounidense será respondida con igual intensidad.
Sin duda, muchos líderes iraníes perciben las declaraciones de Trump como una política desesperada basada en un cálculo arriesgado: un matón escolar fanfarroneando sobre aniquilación nuclear sin capacidad real para ejecutarla. Esa interpretación puede apaciguar tensiones internas, pero también podría tentar a Teherán a descubrir el farol, aumentando así el riesgo de errores fatales.
De cualquier modo, Trump ha brindado a los gobernantes iraníes la oportunidad para sostener que cualquier concesión obtenida bajo semejante presión apocalíptica no representa una rendición. Aun así, la milenaria historia iraní demuestra que este orgulloso pueblo, con una civilización riquísima, no sucumbirá ante ninguna amenaza.
La promesa de Trump de “golpear a Irán con extrema dureza” también actúa como arma psicológica contra una sociedad ya exhausta. Se añade así la amenaza física a años de sanciones, colapso económico y represión.
Para muchos iraníes, especialmente padres y ancianos, escuchar sin reparos al presidente estadounidense advertir que “toda una civilización morirá esta noche” transforma la geopolítica abstracta en un miedo personalizable: hospitales sin electricidad, niños sin alimentos ni agua, personas muriendo por hambre y ciudades destruidas.
Esto intensifica su ansiedad, preocupaciones y sensación colectiva de castigo por decisiones tomadas por un autoritario perturbado cuyo tono genocida fortalece un nacionalismo defensivo.
Incluso los iraníes críticos con su régimen perciben esta amenaza como un ataque contra una cultura milenaria. Se unirían bajo su bandera porque consideran sus vidas prescindibles en una lucha cuya alternativa es —como deja claro Trump— la extinción misma de su civilización.
En las calles iraníes y entre la diáspora resuenan ecos del discurso trumpista que generan una mezcla peligrosa de miedo, rabia y odio fácilmente manipulable por el régimen como arma política.
Para algunos iraníes mencionar una “civilización” moribunda reabre heridas psíquicas causadas por las devastadoras sanciones y guerras previas, haciendo sentir las amenazas estadounidenses terriblemente reales y no metafóricas.
Para otros es un insulto insoportable a una cultura ancestral anterior a Estados Unidos por miles de años; eso fortalece el orgullo nacional e incluso genera respaldo entre críticos del clero gobernante.
Estas reacciones en Irán afectan también la política estadounidense porque un presidente cuyas amenazas son vistas en el exterior como genocidas o irracionales no proyecta firmeza sino volatilidad e incoherencia estratégica.
Esto debilita inevitablemente la disuasión y ofrece a Irán tanto herramientas para reclutar como pretextos para escalar si fuera necesario.
Internamente, esa imagen errática alimenta los acalorados debates sobre si Trump está mentalmente capacitado para gobernar Estados Unidos; da munición a quienes opinan que su retórica apocalíptica es no solo moralmente detestable sino operativamente inviable.
Esto llevó incluso a algunos republicanos y expertos conservadores en seguridad nacional a cuestionar si se puede confiar el juicio, disciplina y seguridad nacional al comandante en jefe cuyo discurso trivializa destruir “una civilización” mientras tiene el dedo sobre el botón nuclear.
Cuando un presidente estadounidense amenaza con hacer desaparecer toda una civilización, el mundo debe prestar atención; no tanto porque dicha amenaza sea creíble sino porque evidencia el peligro de dejar que retóricas descontroladas definan realidades globales.
Las palabras de Trump no son caprichos infantiles ni berrinches; reflejan una visión del mundo donde se utiliza la extinción como diplomacia y se arriesga toda civilización por dominio teatral y despliegue brutal del poder.
Su afirmación sobre millones potencialmente muertos supera el delirio: es un aterrador recordatorio sobre lo fácil que las palabras pueden poner en riesgo la paz cuando provienen del líder del ejército más poderoso del planeta.
Invocar la muerte total de una civilización trasciende la imprudencia política; evidencia un colapso ético alarmante que lo incapacita inquietantemente para manejar responsablemente el poder estadounidense y el orden mundial.
Parece no existir nivel alguno de deshonra que Trump rehúse aceptar: un día amenaza con aniquilar toda una civilización e exterminar 95 millones; al siguiente se muestra en imágenes generadas por inteligencia artificial (IA) como un salvador al estilo Jesucristo curando enfermos. Es una blasfemia única atribuible solo a él, degradando valores sagrados del cristianismo para alimentar su enfermizo ego.
Lo antes descartado como fanfarronería debe ahora reconocerse como lo real: cuando mentira peligrosa se combina con ego ilimitado, la humanidad entera queda expuesta al daño colateral.
El mundo no puede permitir que el discurso irresponsable y loco se convierta en norma política.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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