Fuente: Hoy Digital
La memoria, aunque poco explotada en la actualidad, es un género literario sumamente atractivo. Al igual que la crónica y la historia, supera a la novela en cuanto a la reconfiguración literaria de la realidad. En este caso, se trata del pasado de un individuo que narra los eventos más relevantes de su vida. Como obra narrativa, refleja el espíritu de una época y describe el momento en que la memoria fija el pasado, sin las intenciones históricas ni las pretensiones periodísticas. El resultado es un material sin pulir, pero presentado para los lectores. Como biografía personal, acumula el tiempo vivido y permite al lector acercarse a hechos distantes y sumergirse en la complejidad de una época, un tiempo y una intrahistoria.
Al analizar la autobiografía, Philippe Lejeune (“Le pacte autobiographique”, 1975) establece su naturaleza como autodiégesis y define el pacto autobiográfico como “identidad entre narrador y personaje”, en el que el lector acepta que lo narrado corresponde a la verdad. Es un verismo literario que no busca ser descubierto, porque la autobiografía posee el atractivo de combinar crónica, historia y novela. Así releo “La luna no era de queso: memorias de infancia” (1988), del escritor puertorriqueño nacido en Santo Domingo, José Luis González.
Es cierto que estas memorias no pertenecen a cualquier escritor. Las considero las de un ensayista que expone sus recuerdos mientras entreteje ideas que facilitan una mejor comprensión de su obra narrativa y ensayística. Resultan llamativos los primeros capítulos dedicados a los orígenes familiares dominicanos por parte materna y puertorriqueños por parte paterna. Se puede deducir que provenía de una familia intelectual hostosiana, con liberales destacados en Santo Domingo durante seis décadas antes de su nacimiento. Los Coiscou, franceses que pasaron por Haití, junto a los Henríquez y Carvajal, con reconocidas participaciones en educación, política y cultura dominicana. Su madre aparece como poetisa, pianista e hija del médico doctor Coiscou Carvajal; mientras por parte paterna descendía de comerciantes canarios establecidos en el Caribe. Su abuela materna residía en Nueva York desde 1930.
En la estructura familiar se aprecian múltiples vínculos entre José Luis y la familia de Pedro y Max Henríquez Ureña, así como con sus actividades literarias y el ejemplo del joven Pedro como referente para el dominico-puertorriqueño. Sin embargo, González, quien llegó a Puerto Rico a los cuatro años, optó por asumir la ciudadanía cultural puertorriqueña, un aspecto crucial en su vida.
Sobre República Dominicana aporta numerosas reflexiones. Destaca su relato sobre el Ciclón de San Zenón y las acciones de su abuelo para socorrer a la población capitalina. Más allá de eso, aborda las relaciones políticas previas al ascenso de Trujillo al poder, evidenciando la coyuntura de 1930. Una clase social fue desplazada por el coronel Trujillo, instaurándose nuevas formas de gestión estatal en la República. Ya desde el gobierno de Ramón Cáceres (1906-1911) se vislumbraba ese cambio; Américo Lugo lo describió como un problema ético-moral. Sin embargo, aquella sociedad patriarcal que había dado la espalda a Trujillo para evitar su ingreso a un club social se encontraba en declive. Los años treinta mostraban una sociedad dominicana transformada, influenciada por la intervención estadounidense (1916-1924) y la consolidación del Estado como fuerza bajo Trujillo.
El relato memorialístico sostiene que la clase desplazada equivocadamente creía que Trujillo no prolongaría mucho su mandato. No obstante, ese discurso era un deseo pronto desmentido por los hechos. La llegada del niño González Coiscou con su familia a Puerto Rico significó una distancia ética y comercial respecto a Trujillo. José Luis apreciaba el país, su himno nacional y su entorno entre abuelos dominicanos; incluso existe una avenida Independencia nombrada en honor a su madre. Los Henríquez participaron en la urbanización extramuros; mientras la clase media abandonaba el casco antiguo debido a problemas sanitarios y al deterioro de los edificios coloniales.
La familia se estableció en Santurce, próximo a Los Altos del Cabro. Desde allí recuerda a la numerosa población negra puertorriqueña; pese a las precarias condiciones económicas generales, ellos eran los más pobres e invisibilizados. Esto es llamativo porque González es uno de los pocos escritores que rompe con la narrativa tradicional que ubica a los blancos autóctonos y al jíbaro en el centro de la identidad puertorriqueña (Pedreira, 1934). Para él, Puerto Rico debe buscar su identidad negra.
Desde pequeño asumió el habla puertorriqueña adoptando su acento. Observó el lenguaje del negro puertorriqueño y lo analizó desde un punto de vista social. Desde temprano evidenció cómo los negros percibían el proceso histórico posterior a 1898: la presencia estadounidense no debía entenderse como trauma sino como liberación frente al colonialismo español. En consonancia con “La llegada”, sostiene que dicha población veía este periodo como una oportunidad emancipadora; mientras consideraba que la clase dirigente era oportunista: podían apoyar la independencia o preferir seguir bajo España o Estados Unidos según sus intereses.
Para José Luis González, la población negra constituyó el fundamento sobre el cual se edificó la sociedad puertorriqueña. Eran quienes iniciaron su sentido de pertenencia aquí; algo significativo porque no tenían ni Madre ni Patria lejanas. Marginados como estaban, carecían de las presiones sociales ni alienaciones propias de una clase nostálgica del pasado colonial español. Cabe mencionar aquí que el proceso autonomista iniciado con la Asamblea de Ponce en 1887 —reprimido duramente por España— logró pocos años después obtener autonomía para Puerto Rico; lo cual fue visto como un acuerdo para ser provincia española con libertades económicas demandadas desde hacía décadas tras el Grito de Lares (1868).
Los obreros negros contaban con su propio partido político. La conversación entre José Luis niño y un obrero santurcino evidenciaba cómo esa clase social se alejaba del discurso patriarcal para apoyar un partido político que no heredaba relaciones con España sino concebía el nuevo orden como espacio para luchar por derechos sindicales. En definitiva, se sentían dueños parciales de su historia política (continuará).
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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