Una de las características clave del nuevo mandato de Donald Trump ha sido el desprecio casi total por el concepto de ‘poder blando’. Este término, acuñado por el politólogo estadounidense Joseph Nye, describe la capacidad de un Estado para alcanzar sus objetivos no mediante la presión, sino a través del atractivo, cuando otros desean imitarlo y seguir su ejemplo por voluntad propia.
Como señala el profesor de la Universidad de Harvard Stephen Walt, con el Trump 2.0, Washington ha renunciado de hecho a ese instrumento.
“La Administración ha utilizado la fuerza militar en más de media docena de países y sigue matando a presuntos narcotraficantes en el Caribe y el océano Pacífico, incluso cuando no sabe quiénes son, no puede demostrar que todos ellos estén de hecho involucrados en el tráfico de narcóticos y admite que estas acciones tendrán poco o ningún efecto sobre la disponibilidad de drogas ilegales”, señala el experto.
“Por último, pero no por ello menos importante, abandonó la diplomacia y lanzó una guerra innecesaria y no provocada contra Irán, partiendo de la suposición errónea de que el régimen iraní se derrumbaría rápidamente y daría paso a un gobierno más de nuestro agrado”, añade.
Sin preocuparse por la imagen
El experto destaca que las autoridades estadounidenses ni siquiera intentan “esconder el puño de hierro en un guante de terciopelo de justificación normativa”.
En su opinión, la presión sobre las universidades, la estricta política migratoria y la salida de organizaciones internacionales socavan la imagen global de Estados Unidos. Esto se debe, entre otras cosas, a la orientación de la Administración Trump hacia resultados rápidos y espectaculares, pero a corto plazo.
En contraste, Walt recuerda que los mayores éxitos de Estados Unidos —como la OTAN, el Plan Marshall o el movimiento por los derechos civiles— se debieron precisamente al uso de instrumentos de ‘poder blando’.
“Por el contrario, algunos de los mayores fracasos de la política exterior estadounidense (por ejemplo, Vietnam, las guerras interminables en Irak y Afganistán, el derrocamiento de Muamar Gadafi en Libia o la actual debacle en Irán) se debieron a la creencia de que un poder duro suficiente garantizaría el éxito“, compara el profesor.
China refuerza su posición
En este contexto, el principal rival geopolítico de Washington —Pekín— va consolidando poco a poco su posición. Según datos de Gallup, el índice de aprobación de China en el mundo ya supera al de EE.UU.: un 36 % frente a un 31 % en 2025.
Mientras, el columnista del Financial Times Gideon Rachman destaca que si bien antes China estaba por detrás de Japón, con su anime, y de Corea del Sur, con el K-pop, en el ámbito de la influencia cultural, ahora la situación está cambiando. La popularidad de TikTok, el crecimiento del turismo y la expansión de la industria automotriz china amplían su atractivo global.
Además, el gigante asiático ha convertido su modelo de IA DeepSeek en código abierto, lo que ha propiciado su rápida difusión por todo el mundo. La semana pasada, Pekín eliminó los aranceles sobre los productos de todos los países africanos, lo que contrasta radicalmente con la política de Trump.
“Las ventas de Tesla se desplomaron en Europa en 2025, lo que muchos han atribuido a la estrecha relación del fundador de la empresa, Elon Musk, con Donald Trump. Mi concesionario local de Tesla en el oeste de Londres cerró hace poco y ahora es una sala de exposición para las marcas automovilísticas chinas de rápido crecimiento Omoda y Jaecoo”, pone el columnista como ejemplo.
“La rivalidad entre Estados Unidos y China se centra cada vez más en qué nación hará más por moldear el futuro económico y tecnológico del mundo. ¿Adoptarán los terceros países los estándares tecnológicos chinos o los estadounidenses? ¿Llegarán los vehículos eléctricos chinos a dominar el mercado automotriz mundial? La imagen global de un país puede influir poderosamente en esas decisiones”, concluye el analista.









Agregar Comentario