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Comparativa de la productividad del merengue en las décadas de los 80 y 90

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Al referirnos a las décadas de los ochenta y noventa, resulta inevitable establecer una distinción entre el esplendor artístico y la productividad.

Fuente: Listin diario

Tal vez la verdadera paradoja radica en que, aunque los años ochenta sentaron los cimientos de la grandeza del merengue, fueron los noventa quienes supieron aprovechar al máximo todo lo que aquella década había edificado.

Este análisis se fundamenta en la cantidad de discos vendidos, las contribuciones de compositores y arreglistas, la popularidad de los artistas, la proyección internacional del género y el desempeño económico del país en cada período.

Al referirnos a las décadas de los ochenta y noventa, resulta inevitable establecer una distinción entre el esplendor artístico y la productividad. Mientras los primeros pueden considerarse los Años Dorados del Merengue, los segundos podrían ser vistos como sus Años Plateados. Sin embargo, al evaluar la productividad, estos términos podrían invertirse.

La década de los ochenta fue la época de mayor efervescencia para el merengue. Jamás antes habían surgido tantas orquestas con características distintivas en imagen, vestuario y coreografía.

El género se consolidó como uno de los principales productos culturales dominicanos de exportación, justo cuando sectores agrícolas clave colapsaban y los precios internacionales caían.

En medio de una época marcada por crisis económica, inflación, pobreza, devaluación y estrictas medidas de austeridad, el país comenzó a orientar su mirada hacia el turismo y a explorar la posibilidad de colocar nuestra música en mercados internacionales.

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Estados Unidos y Venezuela abrieron sus puertas al merengue dominicano, permitiendo que el ritmo conquistara nuevos escenarios. En contraste, Puerto Rico mantuvo durante gran parte de la década sus mercados prácticamente cerrados para nuestros artistas, mientras algunas orquestas locales interpretaban éxitos dominicanos en lo que llegó a denominarse "merengue boricua".

De manera paradójica, mientras la economía nacional vivía lo que los economistas llamaron la "década perdida", el merengue alcanzaba uno de sus momentos más extraordinarios.

Las agrupaciones y sus líderes desempeñaron un papel fundamental y se convirtieron en figuras destacadas del panorama artístico dominicano, aunque no siempre recibieron una remuneración económica acorde a su aporte. Wilfrido Vargas impulsó con fuerza el proceso de internacionalización; Johnny Ventura sostuvo su hegemonía; Los Hermanos Rosario innovaron en la parte rítmica del género; Fernandito Villalona aportó la magia de su voz; y Las Chicas del Can introdujeron frescura femenina.

Las escuelas lideradas por Dioni Fernández, Bonny Cepeda y Aníbal Bravo promovieron nuevos talentos y arreglos modernos.

A esta generación se sumaron artistas que hicieron de su imagen una marca distintiva: Aramis Camilo, con sus lentes y sombrero inspirados en el estilo gánster; Alex Bueno, reconocido por su afinada voz y vestuario desenfadado; Carlos Manuel "El Zafiro", con su mundo gitano; Monchy Capricho, con su imagen de "cara angelical"; Jerry Vargas y su estética nazarena; Grupo Tambo, con su sensualidad; y Los Kenton, con una espectacular propuesta coreográfica. Tras ellos estuvo también una extraordinaria generación de arreglistas, entre ellos Juan Valdez, Sony Ovalles, Marcos Carreras y Bertico Sosa, así como Ramón Orlando, quien aportó nuevos fraseos, además de Manuel Tejada y Juan Luis Guerra, quienes llevaron el merengue hacia nuevas armonías incorporando elementos del jazz, la música afroantillana y el pop.

ÉPOCA DE PLATA

Durante los años noventa, el país transitó desde una economía tradicionalmente agrícola hacia una economía basada en servicios sustentada por las zonas francas, las remesas y el turismo. Este crecimiento económico favoreció el desarrollo de una clase media con mayor capacidad adquisitiva y generó condiciones propicias para un auge espectacular en la actividad artística.

Las orquestas comenzaron a personalizarse aún más mediante slogans, apodos y nombres asociados a sus líderes. El ritmo se simplificó, aparecieron secuencias electrónicas y las grandes agrupaciones tradicionales comenzaron a disminuir para dar paso a híbridos comerciales. La Coco Band, surgida a finales de los ochenta, encontró en los primeros años de esta nueva década el escenario ideal para convertirse en un fenómeno: merengue rápido, coros callejeros, humor, picardía y una energía que dominó el mercado.

En ese momento explotaron figuras como Sergio Vargas, con su voz romántica y bailable; Juan Luis Guerra, con una lírica sofisticada y proyección mundial; José Virgilio Peña Suazo junto a La Banda Gorda, con un merengue veloz y energético; Los Toros Band liderados por Héctor Acosta como voz principal; Eddy Herrera con su imagen galán; Kinito Méndez con su sonido urbano y jocoso; Miriam Cruz quien junto a Milly Quezada devolvía protagonismo a las mujeres dentro del género. Surgieron también otras agrupaciones emergentes principalmente provenientes de la última generación como Tierra Seca, Sin Fronteras, La Muralla, Rikarena, Parada Joven y Sangre Nueva.

Puerto Rico modificó asimismo su relación con el merengue. Olga Tañón, Elvis Crespo, Grupo Manía y Los Sabrosos llevaron este ritmo a nuevos públicos y mercados. Paralelamente, las fusiones con rap, hip-hop, techno y house originaron fenómenos como Proyecto Uno, Oro Sólido, Ilegales y Sandy & Papo capaces de convivir junto a las orquestas tradicionales de metales y coreografías.

En esta década continuaron la extraordinaria labor arreglista Ramón Orlando, Juan Luis Guerra y Manuel Tejada. A ellos se sumaron Henry Jiménez, Ringo Martínez e Israel Casado quienes aportaron nuevas síncopas, cortes e influencias provenientes de la música anglosajona.

Por esplendor artístico, imagen creativa y efervescencia cultural los años ochenta son considerados Dorados. Por expansión comercial, diversidad estilística, producción discográfica e inserción internacional los noventa fueron Plateados.

Pero aquí surge la pregunta esencial: si hablamos de esplendor artístico ganan los ochenta; si nos referimos a productividad quizás superen los noventa.

Quizás la verdadera paradoja sea que mientras los ochenta edificaron las bases para la grandeza del merengue, fueron los noventa quienes mejor supieron explotar todo lo que aquella década había construido.

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