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Relato sobre un edificio en ruinas

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En ocasiones, escucho a estudiantes decir que nadie se encargará de repararlo hasta que se derrumbe y haya víctimas.

Fuente: Listin diario

No debemos acostumbrarnos a la fealdad. En ocasiones, escucho a estudiantes decir que nadie se encargará de repararlo hasta que se derrumbe y haya víctimas.

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Cada mañana, miles de personas lo atravesamos. Emite olor a humo, muestra signos de abandono y se presenta lleno de cicatrices, con su interior vacío y repleto de hierros calcinados que alguna vez fueron columnas. Lo contemplamos al sumergirnos en el túnel que conduce a la estación Amín Abel del metro o al cruzar una de las entradas por donde acceden los estudiantes a la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Hace algunos meses sufrió un incendio. Su fachada quedó cubierta de hollín y, como en aquel experimento de las ventanas rotas realizado en Estados Unidos, su entrada se va llenando poco a poco de basura diversa.

Mi esposa me ha contado que aún hay personas viviendo en uno de sus pisos quemados. La realidad es que a sus pies convive todo un ecosistema de buhoneros que se resisten a abandonar su espacio. A pocos pasos de las ruinas se pueden adquirir libros, jugar lotería o imprimir documentos. Se venden alimentos variados (frutas, pizzas, empanadas, dulces), ropa usada y mucho más. Para quienes subsisten del trabajo informal en los alrededores, el riesgo de un colapso parece menos peligroso que perder su fuente mínima de ingresos.

No debemos acostumbrarnos a la fealdad. A veces escucho a estudiantes afirmar que nadie hará nada hasta que el edificio se desplome y haya muertos. La UASD, fundada el 28 de octubre de 1538, es la Primada de América, y este edificio deteriorado contrasta con la belleza y el verdor del campus. Jamás sabremos qué ocurrió dentro: por qué se incendió, dónde están sus habitantes, si tienen un lugar donde dormir o si, como aquella señora Mari Carmen, la anciana desahuciada en Madrid, España, fueron desalojados por un poder que no está dispuesto a ceder ni un ápice de sus beneficios económicos.

Saco el celular para tomarle una foto. Siento que el edificio me habla, que pide perdón por afear el entorno y llenarlo de deterioro. Pero no es culpa suya. Frente a él cuelga una maraña de cables como un nido de pájaros, desde donde miles de personas se conectan sin saber cuánto resistirá el sistema. Un trabajador con su radio enchufado a una conexión clandestina me dice que en República Dominicana se vive así, que pagar la electricidad es cosa de "palomos". Miro el edificio y ahora soy yo quien le pide disculpas: al final, su arquitectura termina pagando las consecuencias del desenfreno de la corrupción.

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