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El salón de Marie-Catherine d’Aulnoy, una exploración del nacimiento de los cuentos de hadas

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En la realidad, el padre de Briou se oponía a su relación y mantenía a Charles recluido en la mansión familiar.

Fuente: Celia Fraile Gil/celia_fraile_gil@abc.es

Mientras investigaba la vida de las 'salonnières' en el París de Luis XIV para su novela 'Las hadas modernas' (Impedimenta), la escritora británica Clare Pollard encontró una crónica que, aunque no estaba completamente verificada, le resultó cautivadora: la historia de cómo Charlotte-Rose de Caumont La Force se disfrazó con piel de oso para visitar a su amado, Charles Briou. Caumont fue la autora de 'Persinette', un cuento sobre una joven encerrada en una torre que los hermanos Grimm transformarían un siglo después en 'Rapunzel', con la particularidad de que en la versión original es ella quien rescata al príncipe.

En la realidad, el padre de Briou se oponía a su relación y mantenía a Charles recluido en la mansión familiar. De Caumont llegó a casarse con él, pero el matrimonio fue anulado. "No podía creer la suerte que tenía cuando descubrí esa historia", confiesa a ABC Cultural. "Antes de encontrarla, pensaba usar realismo mágico, pero entonces comprendí que la realidad ya era lo suficientemente fantástica por sí misma".

Pollard inicia 'Las hadas modernas' con la narración oral que Charles Perrault hizo de 'Piel de asno' —el cuento donde la princesa se cubre con la piel de un animal para escapar de un destino impuesto— en el salón literario de Marie-Catherine d'Aulnoy, al que también asistía Charlotte-Rose. Sin embargo, sabemos que ficción y realidad tuvieron desenlaces muy diferentes.

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Charlotte-Rose no fue la única asistente del salón que sufrió desgracias. De hecho, aquel grupo parecía estar marcado por una maldición: Henriette-Julie de Murat fue acusada de lesbianismo, encarcelada y arrestada; el marido de Angélique-Nicole Carlier la denunció por intentar asesinarle y ella fue decapitada públicamente en la Place de Grève en 1699; Marie-Catherine d'Aulnoy —autora también de un célebre libro de viajes sobre España donde destacaba la extravagancia y exageración de lo que llamaba "sinrazón hispánica"— fue casada a la fuerza a los 16 años e intentó librarse de su esposo acusándolo falsamente de alta traición contra el rey; al ser descubierta tuvo que huir del país.

El salón funcionaba como una auténtica fábrica de cuentos desde varias perspectivas. Por un lado, servía casi como taller creativo: las historias se inventaban en directo, se revisaban colectivamente y se editaban —a menudo sugiriendo suavizar su contenido— antes de arriesgarse a publicarlas, debido a los riesgos derivados de la censura. Por otro lado, las vidas de sus protagonistas se convertían en material digno para guiones dramáticos, muchas veces por ignorar las advertencias implícitas en esas mismas creaciones. "Uno de los propósitos de 'Las hadas modernas' era mostrar cómo gran parte de lo que hoy asociamos con los cuentos de hadas reflejaba realmente la Francia del momento. Eran mujeres viviendo en un mundo lleno de espejos y bailes; verdaderamente encerradas en torres, vistiendo capas rojas, enfrentándose a frutas venenosas…".

La paradoja alcanza su punto máximo si consideramos que fue Madame d'Aulnoy quien acuñó por primera vez el término 'contes de fées' (cuentos de hadas). Sin embargo, sus relatos —al igual que los de muchas compañeras— son poco conocidos fuera de Francia. Según Pollard —autora también de 'Lives of the Female Poets' (Vida de mujeres poetas)— esto responde a un patrón histórico recurrente: "Eran mujeres exitosas y con influencia sobre otros escritores en su tiempo, pero han sido borradas con el paso del tiempo. No aparecen en antologías, no se investiga tanto sobre ellas ni se preserva su obra…".

El legado de Perrault tuvo mejor suerte. "Los cuentos creados por estas aristócratas eran más originales y muchos elementos que ellas imaginaron han perdurado hasta hoy, como Persinette que se convirtió en Rapunzel. Sin embargo, lo que hacía Perrault era distinto: recopilaba relatos ya existentes —como hicieron los hermanos Grimm— y destacaba por crear versiones simplificadas y breves, a diferencia de aquellas escritoras cuyos relatos eran mucho más extensos. Creo que eso ha contribuido enormemente a su supervivencia", explica Pollard.

Una clave para esa simplificación fue la incorporación de moralejas en verso. Al igual que los Grimm, Perrault tomó como principal fuente la tradición oral europea conocida como cuentos de Mamá Oca. "Estos relatos provenían principalmente de las clases populares. Muchos eran amorales y salvajes; él intentaba civilizarlos. En ese intento por dejarlos perfectos y relucientes, añadía una moraleja al final como si fuera un lacito para hacerlos bonitos". En esencia, su propósito era moralizante y dirigido a la sociedad contemporánea.

Para Clare Pollard, los cuentos de hadas no difieren mucho de los mitos porque reflejan las experiencias humanas más elementales. Lo que hacemos es reinterpretarlos generación tras generación. A pesar de los esfuerzos por suavizar el folclore —responsabilizando hoy en día especialmente a Disney— el núcleo salvaje e intenso sigue intacto en su simbolismo. "Lo que fascinaba a las 'salonnières' y me sigue fascinando a mí es la fuerza visual de sus imágenes: la gota roja cayendo sobre la nieve blanca, la melena dorada de Rapunzel o las espinas cubriendo el castillo. Son imágenes irreductibles cargadas con un eco profundo donde cada época encuentra algo nuevo para contar", concluye Pollard.

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