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El fracaso de Katie Zacharia representa una humillación importante para Trump y su administración

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Ahí está el problema: no es una cuestión de cualificaciones, sino un detalle fundamental de su trayectoria que el presidente Donald Trump y su equipo no verificaron debidamente.

Fuente: Aaron Blake/aaron_blake@cnnespanol.cnn.com

El viernes, Katie Zacharia se encontraba en medio de una serie de entrevistas para intentar conservar su cargo como secretaria de Prensa de la Casa Blanca cuando Lawrence Jones, presentador de "Fox and Friends", le preguntó si lamentaba no haber revelado que nunca aprobó el examen de acceso a la abogacía, pese a haber sostenido en múltiples ocasiones que era abogada.

La respuesta de Zacharia fue: "Nunca me lo preguntaron".

Ahí está el problema: no es una cuestión de cualificaciones, sino un detalle fundamental de su trayectoria que el presidente Donald Trump y su equipo no verificaron debidamente.

El paso de Zacharia por el cargo de secretaria de Prensa, sorprendentemente corto y convulso, está lejos de ser el error más grave o significativo del segundo mandato de Trump. Sin embargo, destaca por lo embarazoso que resultó el episodio.

En el transcurso de una semana, la Casa Blanca evidenció la falta de dirección, la impulsividad y la arrogancia que caracterizan a toda su gestión, y todo ello ocurre a pocas semanas de que los votantes emitan su veredicto en las elecciones de mitad de mandato de 2026.

Trump destituyó a Zacharia como secretaria de prensa el viernes —según informaron asesores a CNN— apenas cinco días después de que ella asumiera el cargo. Su mandato estableció un nuevo récord de brevedad para un alto funcionario bajo la administración Trump, reduciendo a la mitad el tiempo que permaneció Anthony Scaramucci, director de comunicaciones durante el primer mandato del expresidente. Desde entonces, “un Scaramucci” se ha convertido en una unidad informal equivalente a 11 días.

Puesto que Trump eligió personalmente a Zacharia y suele mostrarse reacio a reconocer errores, se necesitó una semana bastante intensa para que él decidiera prescindir de ella.

Durante su primera rueda de prensa el martes, Zacharia dedicó gran parte de sus 14 minutos leyendo nerviosamente un guion con varias trabas, para luego dar paso solo a tres periodistas afines al sector conservador.

Más adelante, participó en una serie de entrevistas con medios aliados que solo confirmaron que probablemente sería un obstáculo en el podio presidencial. Fue entonces cuando Trump optó por despedirla sin permitirle ofrecer una segunda conferencia.

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La situación resulta humillante por varios motivos.

No fue producto de una elección apresurada. La anterior secretaria de Prensa, Karoline Leavitt, anunció su salida más de dos meses antes, el 12 de agosto. Tiempo más que suficiente para seleccionar a la persona adecuada.

La Casa Blanca contaba con varios candidatos, según informó CNN, aunque algunos tenían el inconveniente inaceptable de haber expresado críticas hacia Trump en alguna ocasión. El nombre de Zacharia apareció repentinamente en una fase avanzada del proceso tras no haber sido considerada antes. Y, como suele ocurrir con muchas cosas, el entorno presidencial convirtió rápidamente ese capricho en realidad.

Por supuesto, existen razones comprensibles por las que Trump pudo considerarla apta para el puesto. Seguramente la había visto defenderlo en numerosas ocasiones en canales de noticias por cable —su método habitual para evaluar candidatos—. Sin embargo, desempeñarse como secretaria de Prensa no es lo mismo que intervenir en programas televisivos con presentadores generalmente afines. Además, su desempeño en la rueda fue objetivamente desastroso.

Luego, la Casa Blanca complicó aún más las cosas.

Mandó a Zacharia a una serie de entrevistas en medios aliados con la esperanza aparente de obtener respaldo y demostrar su capacidad para el cargo. Pero ocurrió lo contrario.

Fue sometida a un aluvión de preguntas difíciles por parte de conservadores cercanos a Trump preocupados por su idoneidad para ser portavoz oficial. Fueron estas intervenciones —más que la rueda— las que llevaron a Trump a concluir que ella “no estaba preparada para el gran escenario”, según relató a CNN una persona con conocimiento directo del asunto.

Uno de esos críticos conservadores fue Sean Hannity, también de Fox News. El martes por la noche siguió su guion habitual: atacar a los “medios corruptos y sesgados” por tratar mal a Zacharia. Sin embargo, en la entrevista del jueves por la noche le planteó preguntas serias y directas.

El viernes, Trump lamentó que Zacharia hubiera sufrido “como ha sufrido ante la prensa”. No obstante, resulta más difícil sostener esa postura cuando quienes ejercieron mayor escrutinio fueron precisamente sus aliados mediáticos (algunos incluso criticaron a Zacharia por inflar su currículum).

Al igual que Hannity, la Casa Blanca quedó expuesta después haber respaldado inicialmente a Zacharia.

El martes por la mañana, Steven Cheung, director de comunicaciones del Gobierno, publicó con entusiasmo en redes sociales que Zacharia tuvo un “comienzo tremendo” y que había “dominando la sala”. Un comunicado oficial elogió su actuación “imponente” y difundió fragmentos considerados sus mejores momentos. Más tarde esa misma semana Cheung aseguró que ella sería recordada como “una de las mejores secretarias” al final del segundo mandato presidencial.

Vaya error.

Pero quizás lo más grave para la Casa Blanca es que este episodio refuerza aún más la narrativa preexistente sobre el estilo caótico del liderazgo de Trump y su incapacidad para gestionar eficazmente el gobierno federal.

Hay abundante material para alimentar dicha narrativa: decisiones descartadas pero polémicas como anuncios políticos financiados con fondos públicos o transmitir en vivo una ejecución; ambas medidas rechazadas por más del 80% del electorado.

Al inicio del mandato presidencial, Trump sembró caos al otorgar carta blanca a Elon Musk para actuar prácticamente con total libertad. Varias personas despedidas tuvieron luego que ser recontratadas al comprobarse su importancia o limitaciones legales para cesarlas.

Hubo incidentes como el llamado “Signalgate”, controversias sobre aranceles y la dificultad administrativa para mantener una versión coherente respecto al conflicto con Irán.

Similar al caso Zacharia, Trump removió funcionarios poco después del aval del Senado; entre ellos al director de los CDC y al comisionado interino del IRS (quien también fue relevado tras menos de una semana). Su primer asesor en seguridad nacional fue reasignado tras menos de tres meses debido al “Signalgate”.

Y parece que los ciudadanos estadounidenses han tomado nota. Una encuesta realizada por CNN en julio reveló que el 65% desaprueba cómo Trump maneja el gobierno federal frente al 35% que lo aprueba.

Nada menos que un 74% entre independientes y hasta un 28% entre republicanos o independentes con tendencia republicana expresan desaprobación.

Aunque “un Zacharia” no resuena igual que “un Scaramucci”, su breve gestión constituye un error evitable que ofrece a los votantes una referencia simple similar en un momento sumamente inoportuno para Trump.

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