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La gastronomía dominicana en el siglo XXI

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Los chefs María Marte y Olivier Bur demostraron su maestría culinaria con sus creaciones durante la cena benéfica organizada para la Fundación La Merced.

Fuente: Hoy Digital

Los chefs María Marte y Olivier Bur demostraron su maestría culinaria con sus creaciones durante la cena benéfica organizada para la Fundación La Merced.

¿Qué implica cocinar en la actualidad? ¿Es factible mirar hacia fuera sin perder nuestra identidad? ¿Dónde reside nuestra esencia en un mundo saturado de modas culinarias?

Algunas respuestas están más cerca de lo que pensamos. En una tayota, en el coco, en el delicado aroma de la bija, en esa jugosa catibía que forma parte del imaginario colectivo dominicano.

Ingredientes, especias y preparaciones tan propias que, por estar tan presentes en nuestra vida diaria, dejamos de apreciarlos con curiosidad y les negamos un lugar en la alta gastronomía.

Hasta que alguien decide volver a colocarlos en el centro de la mesa. Un claro ejemplo de este cambio de enfoque lo vivimos recientemente en El Embajador, con motivo de una recaudación para la Fundación La Merced. Los protagonistas fueron los chefs María Marte y Olivier Bur.

Una perspectiva renovada

El impecable menú elaborado a cuatro manos se convirtió en una invitación a reflexionar sobre el futuro desde lo que se cocina. Fue una oportunidad para descubrir cómo la rica despensa criolla se transforma en el motor creativo de estos destacados chefs. Cada uno, desde su particular visión, actualiza de manera auténtica la sensación de pertenencia.

El resultado fueron platos con paisaje, memoria y cultura, pero profundamente contemporáneos. Un diálogo entre dos estilos culinarios donde el territorio se establece como un punto en común.

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Platos llenos de inspiración

En los ocho tiempos del menú, los sabores y preparaciones tradicionales fueron replanteados bajo el prisma de la alta cocina y técnicas modernas.

Olivier Bur, en su primer plato, reinventó la tradicional catibía acompañándola con atún, tamarindo, mambá y hierbas frescas. Una reinterpretación del popular snack desde otro ángulo y combinaciones inéditas.

Su pastel en hoja con guiso de cordero y espuma de maíz siguió un camino similar. En ese plato convivían la familiaridad del envoltorio, la profundidad del guiso y la ligereza de la espuma.

Tres formas distintas de acercarse al sabor. Una creación cargada de memoria pero abierta a nuevas texturas y maneras de percibirla.

María Marte llevó esta conversación hacia la remolacha, servida templada con espuma y crujiente de queso. Temperaturas y texturas que invitaban a un juego conceptual y sensorial.

En su pulpo ahumado con gazpacho de coco y aguacate exploró una versión tropical de esta sopa fría. El coco, tan arraigado en nuestra cocina, se combinó con otros ingredientes para ofrecer nuevos registros.

Una declaración de intenciones estuvo presente en el dorado preparado por Olivier: aceite de bija, sofrito de macadamia y una ensalada de tayota que invitaba a la reflexión. Discreta y cotidiana, muchas veces relegada a un papel secundario, la tayota encontró su espacio propio dentro de una propuesta gastronómica de primer nivel.

Los postres continuaron esa línea basada en referencias locales y espíritu exploratorio: ligeros, sutiles y con un control absoluto del azúcar. El prepostre de piña y coco elaborado por María fue la antesala perfecta para el pudín firmado por Olivier.

La guáyiga, tan vinculada al pasado precolombino, cerró este recorrido culinario donde lo local adquirió un matiz universal.

Trazando el futuro

Ante el despliegue de sensibilidad, criterio, creatividad y buen hacer mostrado por María y Olivier, miramos con esperanza hacia el porvenir de la gastronomía dominicana.

Una cocina que debe reflejar la esencia, frescura, colorido, sensualidad y mestizaje del Caribe.

Una cocina que debe entender la tradición no como algo estático e inmutable sino como un elemento dinámico y adaptable.

Una cocina que respete y valore a quienes hacen posible cada producto; porque detrás de cada ingrediente están las manos que siembran, cultivan, cosechan o pescan.

Una cocina que concentre su atención en el recetario y los productos criollos para que desde su raíz adquiera una dimensión multicultural, auténtica pero ilimitada.

Porque cocinar es reconocernos mientras evolucionamos; es llevar nuestra memoria hacia territorios aún desconocidos; es descubrir que lo local ofrece posibilidades infinitas.

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