Fuente: Abril Oliva/abril_oliva@laopiniondezamora.es
Una crónica de El Correo de Zamora, fechada el 2 de noviembre de 1926, ofrece una ventana para conocer cómo celebraban los zamoranos hace cien años una de las fechas más importantes del calendario.
"Al final… todos iguales". Esta reflexión sobre la muerte podría aplicarse perfectamente hoy en día, aunque fue extraída de una crónica publicada en El Correo de Zamora el Día de Todos los Santos hace exactamente un siglo. Este texto invita a retroceder cien años y descubrir cómo vivían los habitantes de Zamora esta jornada tan señalada.
En aquella época, el Día de Todos los Santos ya congregaba a numerosas personas en el cementerio de San Atilano. Desde primeras horas, los zamoranos visitaban las sepulturas de sus familiares fallecidos, las adornaban con flores y participaban en actos religiosos. No obstante, algunos detalles en la manera de recordar a los difuntos resultan hoy curiosos, como las pequeñas velas que iluminaban las tumbas más modestas o las procesiones que recorrían las distintas áreas del camposanto.
La crónica publicada el martes 2 de noviembre de 1926 bajo el título "En el cementerio" dedicaba gran atención a esta festividad y describía un cementerio lleno desde temprano. El reportaje comenzaba señalando que miles de familias se habían acercado a San Atilano para visitar las tumbas de sus seres queridos y rendirles su homenaje habitual, una escena que todavía resulta familiar para cualquier zamorano un siglo después.
Flores para unos, pequeñas velas para otros
Uno de los aspectos más destacados en aquella crónica es la descripción del contraste entre las sepulturas. Mientras algunas lucían coronas y ramos vistosos, otras apenas contaban con una cruz sencilla iluminada por pequeñas velas. El periódico reflejaba esta disparidad con una frase breve pero significativa: "¡Al fin todos iguales!".
Esta observación permite imaginar un cementerio donde las diferencias económicas también se manifestaban en los monumentos funerarios y decoraciones. Sin embargo, la jornada tenía un mismo significado para todas las familias que acudían a rememorar a sus seres fallecidos.
La presencia de esas pequeñas velas junto a las cruces ofrecía además una imagen muy representativa de las antiguas celebraciones, cuando la iluminación de las tumbas era un elemento crucial en los actos de recuerdo.
Sacerdotes rezando ante las tumbas
La crónica de 1926 también recoge una costumbre ligada al carácter religioso del Día de Todos los Santos. Varios sacerdotes y el capellán del cementerio recorrían las sepulturas para rezar responsos, oraciones dedicadas a pedir por el descanso eterno de los difuntos.
Los actos religiosos no se limitaban a ceremonias individuales ante cada tumba. En la capilla del cementerio se oficiaron cinco misas sufragadas por el Ayuntamiento de Zamora. Tras estas ceremonias, se celebraba una procesión que atravesaba todos los sectores del camposanto para rezar responsos.
Antes del cementerio San Atilano, Zamora enterraba a sus muertos dentro del casco urbano
Para entender la evolución de esta tradición es necesario remontarse aún más en el tiempo. Antes de la construcción del cementerio San Atilano, en la primera mitad del siglo XIX, los enterramientos se realizaban en diferentes lugares dentro de Zamora, especialmente iglesias, conventos, hospitales y pequeños cementerios parroquiales.
El avance en las medidas de higiene pública impulsó la creación de cementerios alejados del casco urbano. Fue en este contexto cuando se construyó el camposanto San Atilano, que comenzó a funcionar en 1834, durante un periodo especialmente difícil para la ciudad debido a la epidemia de cólera.
Así pues, cuando El Correo de Zamora publicó su crónica en 1926, el cementerio llevaba ya más de noventa años funcionando y se había consolidado plenamente como parte esencial de las costumbres zamoranas.








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