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La orgía de las viejas transforma el cotilleo en espectáculo en Fenate 2026

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En San Jerónimo, los muertos apenas tienen tiempo para enfriarse antes de convertirse en tema de conversación.

Fuente: Listin diario

Presentada en el marco del IX Festival Nacional de Teatro, la pieza de Isen Ravelo, bajo la dirección de Alexis Luciano, encuentra su mayor fortaleza en la sintonía entre sus tres protagonistas, la precisión humorística y el uso creativo de los elementos escenográficos.

En San Jerónimo, los muertos apenas tienen tiempo para enfriarse antes de convertirse en tema de conversación. Tres ancianas lavan ropa junto al río mientras observan a un joven desnudo; una viuda recibe la noticia del fallecimiento de su esposo y los secretos familiares se transmiten de generación en generación con la misma facilidad que los chismes.

En este lugar se reza por los difuntos, se juzgan los pecados ajenos y se ocultan los propios. “¿Quién fue que dijo que las viejas no sentimos?”, cuestiona Mercedita la Diabla, frase que marca el tono irreverente de una historia donde el deseo se resiste a envejecer.

Producida por Bryan Terrero y presentada en la Sala Manuel Rueda durante el IX Festival Nacional de Teatro (FENATE 2026), “La orgía de las viejas”, obra de Isen Ravelo y dirigida por Alexis Luciano, destaca principalmente por la complicidad entre sus tres actrices, la precisión del humor y el ingenioso empleo de los recursos escénicos.

La dirección construye una comedia ágil, sostenida por personajes que dominan el escenario y convierten cualquier indiscreción en motivo de risa. Las escenas familiares alternan con las intervenciones de las ancianas, otorgándoles el espacio necesario para sus cambios de vestuario, una estrategia que contribuye a mantener el dinamismo del espectáculo, aunque algunos momentos resultan menos atractivos que los encuentros entre las protagonistas.

Durante aproximadamente 50 minutos, la trama gira en torno a Reynaldo Valdir, el rey de San Jerónimo, un hombre adinerado que mantuvo relaciones con numerosas mujeres del pueblo. Su muerte desata una cadena de revelaciones familiares, resentimientos y secretos que parecían condenados a permanecer ocultos.

La primera escena presenta a Mercedita la Diabla y a Tatica rememorando sus encuentros con Valdir, mientras Coco, relativamente nueva en la comunidad, escucha y pregunta con naturalidad. La conversación perfila el pasado del personaje, las diferencias entre las tres mujeres y cómo el chisme reconstruye los hechos.

Una vez anunciada la muerte, la acción se traslada al cuarto de doña Concha, interpretada por Madison Díaz. Mientras sus hijas intentan consolarla, la viuda escucha música, baila y muestra una alegría que contradice el luto esperado. Esta escena introduce las tensiones de una familia marcada por relaciones conflictivas y asuntos pendientes.

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Esta línea ofrece un registro más íntimo frente al bullicio de las escenas colectivas. Cumple además una función práctica dentro del montaje al brindar a las tres ancianas un espacio para cambiarse y regresar con renovada energía.

El mayor acierto del montaje reside en Alexis Luciano, Génesis González y Bryan Terrero, quienes interpretan a Mercedita la Diabla, Coco y Tatica respectivamente. Cada uno construye un personaje con voz propia y, gracias a una escucha constante entre ellos, mantienen el ritmo de la función.

Luciano presenta a una Mercedita convincente desde su primer aparición. La modulación vocal, su postura y movimientos conforman la imagen de una anciana sin depender únicamente del maquillaje. Su audacia se refleja en cada intervención y en la forma en que observa a sus compañeras. “Yo taré vieja, pero no ciega”, afirma al justificar su interés por el joven que se baña desnudo en el río.

González destaca por la corporalidad de Coco y su trabajo vocal. El volumen añadido a sus caderas se integra al movimiento y define su carácter, mientras que la curiosidad del personaje introduce al público en los secretos del pueblo sin convertir los diálogos en explicaciones forzadas. Sin embargo, el maquillaje presenta una inconsistencia visible: el rostro luce considerablemente más oscuro que las manos, lo que afecta ligeramente la continuidad del personaje.

Terrero, como Tatica, maneja con precisión sus reacciones e impresiona incluso en silencio. La aparente reserva del personaje contrasta con los recuerdos íntimos que termina compartiendo; esta contradicción es sostenida por el actor mediante gestos, miradas y cambios de actitud.

La química entre los tres evita que el humor dependa únicamente del libreto. Una mirada de desaprobación, una reacción o el esfuerzo por contener la risa provocan tanto como los diálogos. Esta complicidad alcanza uno de sus puntos más altos durante el funeral de Valdir: las ancianas contratadas como lloronas alternan rezos con comentarios sobre la familia del difunto. Coco exagera sus lamentos hasta ser reprendida por Tatica: “Usted no se va a hacer rica con lo que le van a pagar en este velorio”. El equilibrio entre solemnidad fingida y conversación indiscreta está bien medido y deja claro que para ellas la religión es solo una formalidad ante los demás.

La propuesta visual es sencilla pero funcional. Dos estructuras de madera sirven como mobiliario; un marco rectangular funciona como puerta o espejo; y una amplia tela blanca representa tanto el río como la cama o los espacios funerarios. Desde el inicio, las bateas, el cordel y la ropa tendida establecen un entorno reconocible cuya reorganización permite transitar entre espacios sin grandes cambios.

El vestuario aporta gran parte de la identidad visual. Las faldas amplias, pañuelos y blusas estampadas dan paso a atuendos negros para el funeral y luego a vestidos y sombreros elegantes. Los cambios están bien resueltos y diferencian cada situación. Además, Luciano organiza limpiamente los movimientos en las escenas colectivas donde las tres ancianas mantienen constante relación física con objetos y entre sí; aunque algunas transiciones se extienden demasiado y restan ritmo.

La iluminación utiliza variaciones cromáticas para marcar ambientes pero resulta menos precisa comparada con otros recursos. Los cambios son visibles aunque no siempre responden a una intención dramática clara. El sonido representa el principal problema: en varios momentos la música prevalece sobre las voces dejando fragmentos del diálogo inaudibles para el público; sin embargo, la expresividad del elenco facilita seguir la acción.

La trama incorpora escenas con mayor carga dramática especialmente en los encuentros entre doña Concha y Juan de Dios —interpretado por Anderson Mojica— donde conflictos familiares, heridas infantiles y resentimientos acumulados introducen un tono contrastante con la comedia protagonizada por las viejas. Estos pasajes permiten conocer otras dimensiones de los personajes además de ofrecer al elenco la oportunidad de explorar un registro distinto.

No obstante, su aporte principal radica en permitir respirar a la comedia: funcionan como intermedios dramáticos facilitando las transformaciones de las protagonistas para sus siguientes apariciones. Aunque aportan información esencial para la historia, el montaje alcanza su expresión más lograda cuando Mercedita, Coco y Tatica regresan al escenario.

La celebración de una boda devuelve el tono cómico: las tres aparecen vestidas elegantemente comentando sobre la novia y las circunstancias alrededor de la ceremonia. “Qué rápido se volvió blanco el luto”, observa Tatica irónicamente refiriéndose a una comunidad donde las apariencias pesan tanto como los hechos.

A medida que avanza la trama, las revelaciones ponen a prueba las relaciones familiares dejando al descubierto contradicciones entre sus habitantes. La obra conserva su humor incluso frente a situaciones más oscuras aunque algunos acontecimientos suceden con tanta rapidez que reducen el espacio para asimilar su carga dramática.

La imagen final recupera elementos presentes desde el inicio estableciendo una conexión visual con el río, la ropa tendida y los recuerdos compartidos. La sencillez de estos objetos adquiere entonces un significado renovado dentro de esta historia atravesada por muerte y secretos.

Gran parte del atractivo radica en cómo expone una comunidad donde religión, deseo y apariencias conviven sin demasiada coherencia. Los personajes condenan conductas que también practican; rezan cuando necesitan guardar formas; convierten lo íntimo ajeno en charla pública. Mercedita y Tatica evocan sus encuentros con Valdir sin ocultar aquel deseo juvenil mientras Coco participa desde la curiosidad. La edad sirve para alimentar el humor pero también desafía la idea comúnmente aceptada sobre desaparición sexual conforme pasan los años.

El público respondió con risas ante conversaciones atrevidas, exageraciones durante el funeral y comentarios sobre la boda. La comicidad surge tanto por lo que dicen las viejas como por su forma particular de relacionarse —observarse— reaccionar ante indiscreciones ajenas.

En San Jerónimo fracasan matrimonios; secretos salen a luz; conflictos se multiplican. Pero basta que estas tres ancianas vuelvan a juntarse para recuperar esa gracia especial: son ellas quienes sostienen una mirada divertida e incisiva sobre un pueblo empeñado en ocultar lo evidente.

Al salir de Sala Manuel Rueda quedó una sensación parecida al disfrute prolongado después de tomar café caliente en una mañana tranquila: mérito del talento actoral, sencillez escénica y dirección acertada trabajando en conjunto. Mejorar sonido e iluminación permitiría apreciar aún más este montaje que ya cuenta con buena recepción popular. La producción dirigida por Bryan Terrero apuesta por una propuesta fresca y cuidada respaldada por un elenco entregado con oficio generoso a esta comedia donde las ancianas desean libremente recuerdan y pronuncian alto aquello que todos prefieren murmurar.

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