Fuente: Llennis Jiménez/llennis_jimenez@hoy.com.do
Agentes de la policía y de migración mantienen vigilancia en El Pequeño Haití, una zona afectada por la acumulación de basura que recorre las calles y obstruye los imbornales del sistema pluvial.
Alejados de la violencia que aqueja a su país, en El Pequeño Haití, situado al sur del Distrito Nacional, cerca del Mercado Modelo en el sector San Carlos, una comunidad haitiana convive con dominicanos en un entorno comercial dedicado a flores, raíces y diversos productos. Se percibe una relativa tranquilidad en estas estrechas calles, a pesar de las diferencias en idioma, religión y cultura. Los residentes evitan hablar sobre la situación criminal en Haití ni sobre las bandas que hostigan a la población, y manifiestan desconocer el paradero de los cuatro militares salvadoreños desaparecidos en Haití. Son reticentes al contacto con los medios. Sin embargo, el trajín cotidiano se observa en los negocios donde haitianos y dominicanos laboran juntos; en algunos casos, los haitianos son dueños y los dominicanos empleados, o viceversa. Flores y alimentos como arroz y aceite constituyen los productos más demandados.
En las calles apenas se observaron extranjeros indocumentados. Se señala que los agentes migratorios ejercen un control estricto contra los ilegales, lo que desalienta la presencia de quienes carecen de permisos para residir en República Dominicana. A esta situación se suma la queja de comerciantes por la baja en sus ventas.
Marie-Louise, joven haitiana, y José Arredondo, dominicano, una pareja que caminaba ayer por la tarde por El Pequeño Haití con un ramo de flores para vender al detalle, parecían ignorar las diferencias raciales y la profunda crisis de inseguridad que afecta a Haití debido al control territorial ejercido por bandas armadas. En este núcleo comercial dentro del territorio dominicano, Tony Stela, oriundo de Pétion-Ville donde posee una casa grande, comenta que se informa sobre lo que sucede en su país a través de Radio Caribe, emisora haitiana que llega a República Dominicana. Este vendedor de flores lamenta haber perdido a un amigo asesinado en su ciudad natal, un suburbio acomodado ubicado en las colinas de Puerto Príncipe. Describió a Haití como un país marcado por incursiones armadas, tiroteos, saqueos y desplazamientos masivos. Según él, la inseguridad y la política son dos problemas sin solución en su nación donde viven sus tres hijos.
Jessel Miasé es comerciante de pantalones vaqueros en El Pequeño Haití. Aunque inicialmente reacio a hablar con el periódico Hoy, respondió cuando se le preguntó sobre el costo que debe afrontar para regresar a República Dominicana tras ser deportado: cerca de RD$25,000 cada vez.
Jason Rodríguez Fulcar tiene ascendencia haitiana; es hijo de padre haitiano y madre dominicana y se define como "arrayano". Explicó que solo habla español, desconoce Haití y no tiene intención de visitar el país materno. En El Pequeño Haití son comunes las uniones entre parejas mixtas que tienen hijos; Jason forma parte de una familia con cinco hermanos.
Dilema en las ventas
Carlos Alfredo Pazo junto a su hermana Heidy atienden un puesto de flores tras fallecer el padre de su madre Katalina. Mencionan que persisten tensiones con haitianos debido a celos relacionados con quién vende más.
La presencia de productos fabricados en Haití crece constantemente. Melvin del Valle Vargas, conductor de un camión para un negocio propiedad de un haitiano, menciona que la leche "Rongu Chake" es uno de los artículos recientemente importados desde ese país.
Amenazas contra vendedor informal
Un vendedor informal del área solicitó al Ministerio Público del sector Luisa Prieta de Monte Planta detener la persecución policial luego de denunciar que dos jóvenes le robaron una motocicleta a su hijo y manifestó sentirse amenazado de muerte.








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