Fuente: Listin diario
Sé que no es recomendable titular un artículo con una pregunta, pues es una regla elemental del periodismo. Sin embargo, espero que algún lector experto pueda ayudarme a encontrar una respuesta.
Inicio el debate con una serie deportiva estadounidense que me fascina: Chad Powers, cuya segunda temporada se lanzó el 3 de septiembre de 2026 en Disney+. En la primera entrega, Gerry Dougan (Colton Ryan) representaba al jugador cristiano del equipo donde Chad es la figura principal. Ahora, impulsado por el odio, su comportamiento se aleja por completo de aquel perfil religioso y desemboca en una especie de fundamentalismo que lleva al espectador a cuestionar su fe. Este Gerry poco tiene que ver con el Dios al que defendía en la temporada previa. Al ver estos episodios, me surgió una pregunta: ¿por qué los guionistas optaron por esa trama para la serie, cuando había muchas otras historias posibles? ¿Por qué sacrificar a un personaje que ya había conquistado el cariño del público?
Otra producción que toca de cerca la religión es la chilena Catedrales, estrenada en Prime Video en septiembre de 2026. Adaptación de la novela homónima de la escritora argentina Claudia Piñeiro, ambientada en Santiago de Chile. Narra el brutal asesinato en 1986 de Ana Sardá, una joven de 17 años perteneciente a una familia profundamente católica. Treinta años después, en 2016, su hermana Lía investiga ese crimen sin resolver y descubre un secreto: un embarazo oculto provocado por un seminarista, un aborto clandestino y el fanatismo religioso de la familia. Al finalizar la serie, uno se pregunta qué imagen de la Iglesia estamos transmitiendo a la sociedad. En un país como Chile, marcado por los retos derivados del manejo de casos de pederastia, la serie parece añadir leña al fuego. Y surge otra duda: ¿de dónde proviene el financiamiento para estas historias? Comprendo que la crítica puede incentivar una gestión más transparente ante estas crisis eclesiásticas, pero ¿cuál es el límite a la hora de mostrar los desvaríos de quienes están consagrados?
Finalmente, está la argentina Cautiva, estrenada el pasado 18 de septiembre. Se basa en hechos reales relacionados con Silvia Albarenque y los abusos ocurridos en el Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen, en Nogoyá, Entre Ríos, que culminaron en la primera condena en Argentina contra una monja por abuso. Tras verla, dudo que muchas familias se animen a enviar a sus hijas a la vida religiosa. Me preguntaba si las Conferencias Episcopales u órdenes religiosas podrían, tras analizar estos productos que alcanzan millones de espectadores, reaccionar con criterio ante lo que plantean estas tramas y tratar de mostrar otra verdad. No tanto con censura —que ya resulta imposible— sino con un debate respetuoso sobre la opinión pública que generan estas historias. Nótese que los perjudicados por el fundamentalismo en los tres relatos son jóvenes; ese es precisamente el público al que van dirigidas estas producciones. ¿Será porque se vislumbra un resurgimiento del interés juvenil por la fe?
Quienes estudiamos religión y medios de comunicación percibimos un empeño por exhibir en estas plataformas las incoherencias y miserias de personas con distintos perfiles que se declaran creyentes. De ahí mi interrogante: ¿estas series venden por sus tramas, dado que las dos últimas aseguran estar basadas en hechos reales, o porque el algoritmo mediático actual consiste en atacar al sujeto religioso para despojarlo de su autoridad moral social? Si estos gigantes tecnológicos no desean que la religión ocupe ese espacio moral en nuestro tiempo, ¿a quién pretenden promover?
Ojalá algún lector me recomiende series o películas del 2026 que aborden la religión desde otro enfoque. Antes de escribir este artículo quería ver The Chosen; ¿qué me aconsejan? ¿Será cierto que trata el tema religioso con rigor histórico, esperanza y respeto? Eso me pregunto.








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