Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.
Es comprensible la inquietud, e incluso la indignación, que sienten muchos dominicanos ante la migración haitiana, que es excesiva y descontrolada.
No existe un censo de cuántos haitianos hay aquí, ni tampoco sus nombres o cómo identificarlos.
Así mismo es el sufrimiento de los haitianos, que corren el riesgo de que en cualquier momento los capturen, como antes en África capturaban a los negros para venderlos como esclavos. Son constantemente víctimas de extorsiones, chantajes y abusos.
Decía una persona entrevistada en la marcha del domingo pasado en Friusa: «No es que los dominicanos no quieran hacer el trabajo que hacen los haitianos, lo que pasa es que no están dispuestos a hacerlo por el precio que ellos lo hacen, ya que al estar ilegales, aceptan menos de lo que vale». Esto perjudica al trabajador dominicano, que se ve desplazado, y al trabajador haitiano, que recibe un salario injusto.
Pero hay quienes se aprovechan, ahorrando en mano de obra, evadiendo el pago de la seguridad social, y teniendo trabajadores que no exigen sus derechos. También se benefician quienes se dedican al tráfico ilegal de migrantes, incluyendo jefes militares y dirigentes políticos, sin cuya participación esto no sería posible.
No mezclemos la causa con la consecuencia. No pensemos que el «enemigo» es el migrante haitiano, que huye desesperado a donde lo dejen ir y en las condiciones que le permitan. La migración ilegal se debe a la falta de voluntad, y esa falta responde a intereses.
Si queremos soluciones, lo primero es identificar quiénes se benefician, y a partir de ahí entender la raíz y definir una estrategia.
Algo es evidente: la situación actual es insostenible e intolerable.
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