Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.
Más allá del mito, la ciencia y el espíritu coinciden: la felicidad no es un golpe de suerte, es un arte que se cultiva.
Hay preguntas que no necesitan gritar para dejar huella. Preguntas que, con apenas un susurro, pueden sacudir los cimientos de nuestra visión de la vida. Una de ellas me fue lanzada, casi en secreto, en medio de luces, micrófonos y carcajadas.
Durante la promoción de mi libro ‘Aprendiendo a Ser Feliz’, tuve el honor de participar en el icónico programa de la radio dominicana El Mismo Golpe, dirigido por un hombre que no necesita presentación, pero sí merece reconocimiento: Jochy Santos.
Jochy es de esos seres extraños que han caminado entre luces sin deslumbrarse. Admiro su humildad, su entrega a lo esencial, su capacidad de no dejarse seducir por los aplausos. Pero, sobre todo, admiro su virtud más escasa: la de honrar. Honrar el tiempo, a la gente, a su historia, a su propósito.
En medio del dinamismo del programa, mientras la cabina vibraba con energía, Jochy, como quien lanza una semilla al viento, dejó escapar una pregunta que parecía no esperar respuesta:
«¿Y la felicidad… se aprende?»
No tuve tiempo de responderle. Pero esa duda me siguió como una sombra luminosa. Y hoy, desde este espacio más sereno, deseo dar respuesta no solo a él, sino a todos los que alguna vez se han hecho esa pregunta en voz baja, cuando nadie los oye.
La felicidad no es un privilegio. Es un arte. Es una decisión.
Por siglos, se nos hizo creer que la felicidad era una especie de lotería emocional. Que estaba reservada para los afortunados, para los bendecidos, para quienes nacieron bajo «una buena estrella». Pero la ciencia -esa aliada cada vez más sabia de la espiritualidad- ha comenzado a decirnos otra cosa.
Un 10% depende de nuestras circunstancias externas (dinero, salud, entorno).
Y un poderoso 40% proviene de nuestras actividades intencionales.
Sí. Casi la mitad de nuestra felicidad está en nuestras manos. En lo que hacemos, en lo que practicamos, en lo que elegimos repetir cada día.
El cerebro: tierra fértil para sembrar alegría
Lo más fascinante es que este aprendizaje no es abstracto. Tiene raíces en nuestra biología. La neurociencia ha demostrado que nuestro cerebro es neuroplástico: cambia su estructura y funcionamiento a través de la experiencia.
El Dr. Richard Davidson, investigador del bienestar, ha demostrado que prácticas como la meditación, la gratitud, la compasión y la atención plena fortalecen las áreas del cerebro relacionadas con el bienestar y la resiliencia.
Es decir: lo que repetimos, nos transforma. Lo que elegimos pensar y sentir, moldea nuestro cerebro. La felicidad no es una meta, es una musculatura emocional que se entrena.
Los alquimistas del bienestar: nuestros neurotransmisores
Detrás de este entrenamiento interior, trabajan en silencio los grandes aliados del alma: nuestros neurotransmisores. Son ellos quienes escriben, químicamente, la historia de nuestras emociones.
Dopamina: Es el neurotransmisor del logro y la motivación. Se activa cuando conseguimos metas, sentimos placer o anticipamos recompensas. Cada vez que damos un paso positivo hacia nuestro bienestar, la dopamina celebra y refuerza ese camino.
Serotonina: Regula nuestro estado de ánimo y nos protege del desánimo. Se incrementa con gratitud, alimentación saludable, ejercicio, contacto con la naturaleza y prácticas de meditación.
Oxitocina: Es la hormona de la conexión y la confianza. Se eleva cuando sentimos afecto, apoyo o intimidad emocional. En otras palabras, cuando nos sentimos vistos, valorados y seguros.
Endorfinas: Nos alivian y nos dan placer. Se activan con el arte, la risa, el movimiento, la música. Son el recordatorio biológico de que también es válido sentirse bien sin razón aparente.
Aprender a ser feliz es, en gran parte, aprender a activar esta orquesta interna de mensajeros químicos.
Y eso sí es profundo. Es liberador. Es revolucionario.
Porque significa que no estamos condenados a repetir los guiones emocionales que heredamos.
Significa que la tristeza no tiene por qué ser nuestro idioma nativo, ni el sufrimiento nuestro hogar permanente.
Así que, Jochy, y a todos los que alguna vez han lanzado esa pregunta al aire con la esperanza de una respuesta que no suene a cliché:
Sigue esta serie cuyo único propósito es ayudarte a construir esa felicidad que tanto anhelamos.
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