Economicas

El artista que moldeaba esculturas con alambre

8840174701.png
En mi visita, estuve en la mayoría de los lugares más frecuentados por el turista en su estancia.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

Hace un tiempo, realicé un viaje a Évora, Portugal. El nombre mismo de la urbe evoca otra era, otros mundos factibles. En mi visita, estuve en la mayoría de los lugares más frecuentados por el turista en su estancia. Quizás no en todos, debido a las limitaciones de tiempo (viajamos sujetos a los pocos días de descanso que tenemos), pero sí en algunos de los más importantes. El templo romano (del cual solo subsisten sus columnas, que aún así ilustran la magnitud que tuvo el edificio en su tiempo), el acueducto, la catedral (seo) y, por supuesto, la tétrica (y hermosa) Capilla de los Huesos, en la iglesia de San Francisco. Es inevitable visitar lugares comunes en los viajes, pero para que un viaje escape de ese entramado tópico, del estándar del turista, se deben experimentar vivencias propias, hay que traerse, además, algún detalle, algo que nos llene por ser extraordinario, a la vez que pasa desapercibido para la mirada ajena.

Uno de esos detalles lo encontré en ciertas iglesias de Évora, las cuales capturaron mi atención, principalmente, por el colorido de su interior. Los azulejos cubrían parte de sus muros y las pinturas se extendían por toda la cubierta. Una disposición que las colmaba de color. Esto, junto con el encanto decadente de Portugal, que se transmite a sus edificios religiosos, les otorgaba esa sensación de abandono, de que el tiempo las marchita lentamente. Entre las iglesias, me conmovió una que, por dentro, se veía descuidada y bastante deteriorada. Ni siquiera estaba abierta para la oración, sino que, en ese momento, un espacio suyo albergaba una estructura entarimada con paredes metálicas donde se mostraba una exposición fotográfica sobre los proyectos humanitarios de una congregación religiosa. Las dos personas que estaban allí para recibir a los visitantes, intentaban sin demasiado éxito, informarme en portugués sobre lo que hacían. Me facilitaron un folleto y señalaron hacia la exposición. Me acerqué, la observé y, sobre todo, me fijé en aquellos espacios y rincones que escapaban a la instalación: se podían ver los azulejos y las pinturas (o restos de pinturas) de las paredes del edificio. La belleza de aquello era colosal, un vestigio que en ese momento aún podía contemplarse pero que, en cualquier momento, podría desaparecer para siempre.

El albergue donde me alojé en Évora se ubicaba en una casona bastante antigua que debía estar cerca de su centenario. Se dividía en varias plantas a las que se accedía por escaleras cuyos peldaños resonaban al subir. Las habitaciones, con capacidad para entre ocho y doce camas, se segmentaban por género. Había un patio central con mesas, sillas, butacas y algunos sillones que se convertía en centro de encuentro y coloquio cuando, ya entrada la noche, los viajeros regresaban de la calle tras un largo día.

La primera mañana que desperté allí, cuando fui a sacar café de una máquina (el desayuno estaba incluido pero el café instantáneo era infumable), me topé con un señor de Bilbao de unos cincuenta y tantos años que me preguntó si había ido a Évora al congreso de antropología. No tenía idea de que se celebrara un congreso allí y no sería la única vez que me lo preguntarían. El hombre me comentó que era artesano y que vivía en Portugal desde hacía muchos años, viajando en bicicleta de ciudad en ciudad, hospedándose en albergues. Que en otra época también había recorrido España, pero que hacía tiempo que residía en Portugal. Por las tardes, se instalaba en algún lugar concurrido, donde hacía y vendía su artesanía.

Después de tomar café y desayunar, salí del albergue para explorar la localidad. Por la tarde, ya cerca del anochecer, cuando me acerqué de nuevo al templo romano para tomar unas fotos con la puesta de sol, lo vi en una zona cercana, sentado frente a una caja (cubierta con un pequeño mantel), que hacía las veces de mesa. Encima tenía varias esculturas pequeñas de alambre. El hombre estaba concentrado en la elaboración de una pieza cuando pasé cerca y lo saludé. Eran esculturas sencillas con distintas formas (bicicletas, caballos, etc.). Me hubiera gustado tener el recuerdo de una fotografía de sus esculturas y del artesano haciéndolas, y quizá haber comprado una, pero en ese momento no se me ocurrió. Me despedí y continué mi recorrido por Évora esa tarde-noche y los días siguientes, visitando museos, la catedral, el acueducto y todo lo que pude abarcar en los escasos tres días que estuve allí. Al final de mi viaje, volví a encontrarme con él, temprano, justo antes de salir del albergue por última vez. Él permanecería unos días más por allí. Nos deseamos suerte.

Ese último día estuve visitando la tan conocida Capilla de los Huesos, cuestionándome cómo alguien pudo construir algo así. Tras la visita, caminé hasta un parque, del que tomé una hoja de olivo que se había plantado en 1919 celebrando el fin de la I Guerra Mundial (al llegar a casa la enmarqué). Luego me dejé llevar un poco y me detuve en un mercadillo donde vendían cerámicas, y todo tipo de productos metálicos que parecían sacados de un trastero que no se había abierto en siglos. Aquello parecía más un entretenimiento que un mercado puramente funcional, pero, de cualquier forma, resultaba pintoresco y divertido para tomar algunas fotos.

Cuando se acercó la hora de regresar, me dirigí al lugar donde debía esperar el autobús, y ya en mi asiento de ventanilla, me sumí en mis pensamientos. Revivía pasajes de mi viaje y de todo lo acontecido en Évora. Indudablemente, a nivel social, vivimos en un mundo que valora el éxito material por encima de todo. Vemos cómo se admira a quienes más éxito han tenido: deportistas, cantantes, actores y también a grandes empresarios que han labrado una fortuna con el tiempo, empezando desde lo más bajo. El factor común es ese éxito (y esto se evidencia perfectamente en los premios y reconocimientos que se multiplican tras lograr el éxito). Ante esto, donde no habita ese éxito material, no hay espacio en la sociedad porque esta es indiferente. Todo pasa desapercibido.

Y pienso que es ahí, precisamente, donde hay que enfocar la atención. Aquel hombre del albergue era un ejemplo perfecto: su bicicleta como medio de transporte, unas alforjas con toda su ropa, unos rollos de alambre como materia prima, y un puñado de herramientas para manipular la materia, eran suficientes elementos para vivir una vida plena y con textura. Sin necesidad de reconocimiento, sin necesitar posesiones materiales más allá de lo elemental, sin tener que prever el futuro. Mientras viajaba en el autobús y reflexionaba sobre todo esto, recordaba los textos que Søren Kierkegaard había escrito sobre el discurso “Los lirios del campo” (Mateo 6:24-33): “No siembran, ni siegan, ni encierran en graneros. ¿Cómo podrían hacerse semejantes cosas allí donde los pájaros tienen su morada bajo el cielo? ¿Allí donde ellos viven la prevención de la temporalidad, no sabedores del tiempo, en el instante?”1 Quizás solo se trate de eso, hemos perdido la posibilidad del presente, del ahora, en favor de una vida planificada. Pero cada instante de nuestra existencia es único y, sobre todo, no volverá. Y en realidad, esa certeza es nuestra única posesión.

1: Kierkegaard S. Los Lirios del campo y las aves del cielo (selección). Ediciones Rialp. 2014.

TRA Digital

GRATIS
VER