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El respaldo en las estadísticas de criminalidad de la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, suscita muchas interrogantes sobre los orígenes de múltiples eventos.
En esa coyuntura, la funcionaria debería cuestionarse por qué esas mujeres no presentaron una querella, y entre las respuestas podría hallar la desconfianza en la Policía y otras instituciones que deberían protegerlas.
Quizá Faride desconoce que entre las quejas de familiares de víctimas, destacan las dificultades que dicen enfrentar al intentar denunciar a sus agresores.
Muchos sucesos familiares están vinculados a las tensiones o a la crispación que dominan en diversos sectores. Incidentes triviales que acaban en tragedias revelan una irritabilidad generalizada.
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En el análisis de la violencia machista, el Ministerio de Interior y Policía debe sopesar todos los factores, incluyendo el rol de las fiscalías y la Policía en la protección de las víctimas. Los asesinatos de mujeres, a veces presenciados por sus hijos, generan gran conmoción.
La clave no reside en simples mediciones cuantitativas. Hasta que las autoridades no profundicen en el drama de los feminicidios, la criminalidad y la violencia, las estadísticas no serán la solución para
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