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Madrid (EFEverde).- ¿Qué sucedería si el porvenir de la humanidad dependiera de elegir entre instalar un aerogenerador o activar un generador de carbón? En el universo de los videojuegos, los jugadores no solo ejercitan la mente: también experimentan con energías renovables y ponen a prueba su propia moralidad en escenarios donde la supervivencia está en juego.
La curiosidad, el perfeccionamiento de habilidades cognitivas y el gusto de aprender son algunos de los beneficios psicológicos atribuidos a los videojuegos. Además, muchos mundos virtuales funcionan como laboratorios interactivos donde el cambio climático, la administración de recursos y la búsqueda de soluciones colectivas marcan la narrativa.
“Los videojuegos se centran en el proceso, no en el conocimiento de conceptos. Cuando juegas, realizas una cadena de actividades que te llevan a reflexionar desde la práctica y no desde la teoría”, explica a EFEverde Carlos González Tardón, profesor del Laboratorio de Videojuegos y Aplicaciones en la Universidad Nebrija.
Varios juegos de creación de mundos o gestión de ciudades incorporan tecnologías verdes. En los primeros SimCity, “empezabas con generadores de carbón, luego pasabas a nucleares, pero al final te das cuenta de que eso afectaba a la población y no permitía avanzar porque generaba residuos y problemas”, recuerda González. “Finalmente, acabas apostando, aunque fuera más caro al inicio, por la energía eólica, solar y otras alternativas”.
De manera similar, Terra Nil, aplica estas tecnologías para recuperar biomas marinos, costeros, polares o desérticos tras un colapso ambiental. Y en Factorio, los insectos alienígenas crecen a medida que la fábrica del jugador contamina.
Muchas veces las historias no ocurren en la Tierra o en el presente cercano, “porque lo que tú quieres es jugar, no aprender”, dice González. La capa de fantasía, añade, ayuda a bajar las defensas mentales.
En esa línea, Frost Punk crea una realidad alternativa en la que, en 1886, el sol se atenuó y el planeta quedó sumido en un invierno perpetuo. Ante la escasez de recursos, cada decisión — aceptar refugiados, permitir el trabajo infantil o priorizar tecnologías como la geotermia o la fisión nuclear — implica un dilema moral. “A diferencia del cine, en los videojuegos vives la historia de manera más activa y entiendes mejor las consecuencias, aunque se trate de personajes virtuales”, apunta González.
La animación también refuerza la inmersión. Con apoyo de la inteligencia artificial, RainWorld construye ecosistemas autónomos en un planeta alienígena donde los animales -desde leviatanes hasta conejos carroñeros- no solo son obstáculos, sino aliados potenciales. Así demuestra que incluso en escenarios postapocalípticos hay espacio para la cooperación.
El futuro distópico es una realidad frecuente en la que una catástrofe, sea climática o de zombis, ha acabado con casi todos los humanos. “Muchas veces permiten ensayar posibles futuros y reflexionar sobre las consecuencias de distintas elecciones, como usar energías fósiles frente a renovables desde un lugar seguro y controlado”, explica a EFEverde Antonio José de la Cuesta, psicólogo sanitario miembro del Grupo de Trabajo Psicología, Videojuegos y Esports del Colegio Oficial de Psicología de Madrid.
Esta distancia emocional es clave, ya que permite experimentar crisis o problemas globales sin el peso de las consecuencias reales, lo que fomenta la creatividad, la adaptabilidad y la capacidad de afrontar la incertidumbre.
Así, el jugador puede visualizar la reconstrucción, la recuperación de la vida o la búsqueda de soluciones colectivas, aún en mundos devastados. En Fallout, por ejemplo, la vida se adapta y, con obstáculos, continúa después de una guerra nuclear.
Sin embargo, “no se puede establecer una relación directa entre la presencia de escenarios de fin del mundo y la generación de tendencias pesimistas o alteraciones emocionales negativas en quienes participan”, afirma De la Cuesta.
El impacto depende de la interacción entre la persona, la historia del videojuego y el contexto vital. Edad, experiencias previas o incluso la situación doméstica influyen en la forma de interpretar estos relatos del fin del mundo.
Más allá del entretenimiento, los videojuegos entrenan habilidades como la planificación, la resolución de problemas, la gestión de recursos o la orientación espacial. Además, De la Cuesta considera que “pueden, incluso, fomentar la conciencia social, el sentido de agencia y la reflexión sobre alternativas constructivas para enfrentar problemas complejos”.
Si bien los videojuegos pueden sembrar conciencia sobre las preocupaciones medioambientales, De la Cuesta advierte que un cambio real de comportamiento requiere de factores externos que refuercen ese aprendizaje.EFEverde
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