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Cádiz (1973) Redactor y editor especializado en tecnología. Escribe profesionalmente desde 2017 para medios y blogs en español.
La fotografía móvil es ya el estándar en nuestra vida. En cualquier instante, sacamos el smartphone, tocamos un botón y la imagen está lista para compartir en segundos. La industria lo sabe y ha potenciado este cambio con sensores más grandes, software de procesamiento avanzado y funciones como el modo retrato o la fotografía nocturna. Frente a ello, las cámaras compactas, que un día dominaron el mercado, han sido marginadas.
Las compactas tenían una gran virtud, ofrecer calidad superior a la de los móviles de hace una década sin conocimientos técnicos. Pero el tiempo jugó en su contra. El usuario promedio quiere velocidad, ligereza y la posibilidad de editar y publicar al instante en redes sociales. Ninguna cámara compacta podía competir con esa inmediatez. El móvil se convirtió en un todo en uno, cámara, editor y plataforma de distribución inmediata.
Otro de los grandes cambios ha sido el papel del software. Las cámaras compactas dependían del objetivo y del sensor físico. Los móviles, en cambio, han demostrado que la inteligencia artificial y el procesamiento digital pueden hacer milagros, borrar objetos, mejorar colores, iluminar rostros en la oscuridad o simular la profundidad de campo de una cámara profesional. Lo que antes era un accesorio caro y pesado, ahora cabe en el bolsillo y se controla con un toque.
Sin embargo, esta revolución también tiene un precio. Con la desaparición de las compactas, se ha perdido parte del ritual de la fotografía. Ajustar manualmente, esperar el momento exacto, descargar las fotos a un ordenador y revisarlas con calma. Hoy vivimos en la cultura de la instantaneidad, miles de imágenes almacenadas que muchas veces no volvemos a ver. Además, la fotografía móvil, aunque impresionante, sigue teniendo limitaciones frente a lentes ópticas dedicadas. Esa textura, esa naturalidad y esa precisión en ciertos detalles difícilmente se replican con un algoritmo.
Las cifras son contundentes. Entre 2010 y 2023, las ventas mundiales de cámaras se desplomaron un 94 %, pasando de casi 109 millones de unidades a apenas 1,7 millones. En una década, un producto que fue imprescindible en vacaciones, bodas o cumpleaños quedó relegado a un nicho.
Lo curioso es que, tras esa caída libre, 2025 ha registrado un repunte inesperado: en el primer semestre se enviaron 1,05 millones de compactas, la cifra más alta desde 2021. Este fenómeno se explica en parte por el interés de la Generación Z en recuperar cámaras digitales antiguas o modelos sencillos, buscando un estilo más “retro” y una experiencia fotográfica menos inmediata que la del smartphone.
Otro aspecto que se echa de menos es el valor del recuerdo. Cuando sacábamos una compacta en un viaje, había una intención más clara de preservar un momento especial. Hoy tomamos decenas de fotos de un mismo paisaje sin detenernos a contemplarlo. El móvil nos ha dado poder, sí, pero también ha diluido la magia del instante.
La caída de las cámaras compactas parece irreversible. Algunas marcas intentan sobrevivir con modelos avanzados, pero es obvio que el consumidor medio no quiere cargar con un dispositivo extra. Aun así, esta transformación no debería hacernos olvidar que la fotografía es algo más que capturar píxeles. El desafío ahora es encontrar un equilibrio entre la comodidad del smartphone y la esencia de una disciplina que nació para inmortalizar lo que realmente importa.
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